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La imagen de esta mujer puede que no le diga nada, porque estoy segura que no la conoce, que no la conoció y lamentablemente nunca podrá conocerla.

Ella era Natalia y tenía 45 años, hoy encontraron sus manos porque el mar, sabio como siempre, las expulsó.

Natalia tenía dos hijos, se mudó de país para conseguir un mejor trabajo y ofrecerles mejores oportunidades de estudio y de vida. Radicalmente se fue de Colombia hasta la hermosa Marbella en donde trabajó de todo un poco.

Su historia me catapultó al terror y a la reflexión de que como mujeres no estamos seguras en ninguna parte, y ante ningún hombre (aunque hay muchísimos buenos hombres). El destino le jugó mal y le puso en el camino a Leonel, un colombiano en medio de su lejanía y de su hogar.

Duraron cinco meses, hasta que ella decidió terminar porque detectó que en ese hombre había más violencia que amor.

No fueron suposiciones, Leonel la llegó a golpear y afortunadamente Natalia levantó una denuncia en Marbella. A él le restringieron cualquier tipo de contacto y comunicación con ella y la condena de seis meses quedó sustituida por una promesa de que no se acercaría más a ella.

Inició el 2023 y Natalia no sabía que ninguno de sus deseos se cumplirían. Leonel la mató y de una manera brutal. Según las notas en medios internacionales, le cortó las manos, la cabeza, le rajó el abdomen y la lanzó al mar en la playa Real de Zaragoza.

Leonel aceptó sus actos y ahora está en proceso en aquél país. Así como si nada, es decir, termina aceptando, declara el cómo lo hizo y lo llevan caminando hacia un lugar que le otorgará techo, comida y lo mejor: vida.

Vámonos a la foto, la que comenzó a circular en los medios de Natalia. Era una señora, una mujer sola que decidió darle todo a sus hijos y eso incluía el sacrificio de alejarse de ellos y trabajar de todo lo que se pudiera, como lo hizo, desde trabajadora del hogar, mesera y demás.

Fue valiente desde la decisión de partir, de hacerse cargo de sus hijos a costa de todo, de estar en un país tan distinto, de volver a creer en el amor y aún más, de ir a denunciar.

Sus manos, esas que vemos en la imagen colocadas sobre sus piernas, fueron encontradas en el mar y terminaron por identificarlas.

Las manos, la cabeza, el cuerpo lastimado de quien tenía una vida próspera, con carencias, con preocupaciones, con limitaciones, pero tenía vida. La fotografía es el elemento perfecto no solo para mantener en la memoria los recuerdos, sino para recrear a quien ya no existe, a quien ni siquiera conocimos ni conoceremos.

Cada fotografía contiene una historia, por eso nos fotografiamos todo el tiempo para llevar la crónica de nuestros días, de nuestro humor y nuestras emociones.

A Natalia alguien le tomó la foto y hoy podríamos recrear una historia de cómo eligió su chamarra color mostaza o sus pantalones con un diseño sobre la pierna derecha, quizá de un artista local. No sabemos si la imagen se la tomó Leonel o alguien más, pero se veía contenta, estaba en la playa.

El mismo mar a su espalda la reconoció y la expulsó, no dejó que pasara tiempo para que su cuerpo desapareciera, menos de una semana y puso en evidencia la injusticia.

Las notas de feminicidios en el mundo pareciera que crecen, Chile, Ecuador, España, Irán, Nicaragua, Honduras, Argentina, México, sin duda.

Todas las historias provocan enojo, impotencia y coraje. Por suerte hay fotos, donde podemos conocerlas sonrientes, guapas, alegres y no solamente como una estadística y una cifra de gobiernos incapaces de proteger a la mujer.

La historia de Nataila - whatsapp-image-2023-01-18-at-224422