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Nos hemos llenado de dilemas, de noticias y de miedos. Que si salimos o no, que si solo tenemos miedo y no nos atrevemos a seguir las vidas de antes, que si todo es parte de una teoría de conspiración contra la humanidad, que los números son pocos o son muchos.

Nos hemos convertido en disyuntivas personales, por eso la cabeza está por explotarles a algunos, por eso ahora leemos sobre la ansiedad, la depresión y la fatiga.

Nos hemos mantenido alertas porque cada mañana nos vuelve la necesidad imperante de no creernos el miedo y salir a las calles a trabajar, a buscar a los amigos, a abrazar al amor en cualquiera de sus versiones.

Han sido doscientos veinticuatro días, y lo escribo de esta manera porque son muchos, y deben de leerse así en letra por el simple motivo de que nos han parecido tan largos, que ya casi está por terminar el año.

Recibimos la primavera con la retadora idea de estar en casa por lo menos hasta el verano, porque las vacaciones nunca se cancelan, son necesarias, los niños salen de la escuela y los padres por fin pueden marcar en el calendario los días que estarán fuera de sus trabajos.

Pero el verano llegó y todo lo que pudimos ver, fueron un montón de cancelaciones, de niños buscando qué hacer en casa y de padres acorralados a la tensión de mantenerse encerrados, con trabajo, sin escuela y con el miedo del contagio.

Terminó el periodo vacacional, el tradicional, el de junio y julio con días en la playa, con las pieles bronceadas, con los niños cansados, con nuevos juegos, nueva ropa, nuevo todo.

Nada nuevo llegó. Solo más miedo, más cifras de contagios y más pérdidas de papás, de madres, de hijos, de amigos y de desconocidos.

Pasamos el verano, como se dice, “de noche”, ya es otoño y hace frío, y seguimos en el mismo lugar y con la misma gente.

La fotografía de Pablo León Álvarez, joven tapatío y fotodocumentalista, me llevó a subirme a ese avión lleno de gente dormida, con los cubrebocas puestos de nariz a barbilla, uno tras otro, sin espacios de por medio, en pleno vuelo a no sé dónde.

No recuerdo haber visto una imagen en donde la mayor parte, sino es que todos los pasajeros estuvieran dormidos. ¿Cuánto cansancio estarán dejando allá abajo, en sus casas?

Quizá usted, como yo no ha salido de viaje desde marzo. Ha permanecido en su casa, en su barrio, saliendo a lo más básico que es ir al supermercado y de regreso.

Me imagino que subirme a un avión me provocaría esa misma entrega sin miramientos, a dormir y sentir que volando, olvido que el mundo se ha detenido, que trabajo desde casa, que veo a mi hija crecer entre la sala y el comedor, o que no puedo ver a mis abuelos como quisiera, o abrazar a mis padres o simplemente trabajar más para preocuparme menos.

Bien lo dijo Barthes, “Sea lo que sea que ella ofrezca a la vista y sea cual sea la manera empleada, una foto es siempre invisible: no es a ella a quien vemos”.

Así me pasó con esta imagen, no es lo que a simple vista se ve, sino lo que me transmite y lo que me lleva a explorar.

Queremos dormir con las ganas de despertar y que todo haya terminado, que el confinamiento tuviera un fin, que el virus pudiera ser controlado, que una simple vacuna acabara con el insomnio y la lejanía.

Quisiéramos creer que vamos y venimos entre el presente y el pasado, que dormimos para despertar en otro escenario, en otra casa, en otras calles, en otros olores, en otra realidad.

La estética del descanso - descanso-laura-garza
Foto de Pablo León / Instagram @pablo_leon_alvarez

Nunca habíamos sentido tanta esperanza por tener mejores tiempos, nunca creímos que una parte de nuestra vida se detendría y que subirnos a un avión fuera un escape tan deseado, tan lleno de paz, que el dormir de lado de un montón de extraños se nos hiciera normal.

Me vuelvo un sujeto mirante, que observa desde su casa y el monitor de su computadora la vida de los demás y solo me pregunto si despertaré una mañana y los noticieros dirán que estoy ha terminado.

La fotografía siempre sorprende y nos provoca, por eso me gusta verla y a veces imaginarme en ella.

El sueño que vemos de todos estos desconocidos, es la estética de un descanso que todos anhelamos, con miras a que al aterrizar todo fuera en la antigua realidad.