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Con mucha frecuencia los mexicanos disfrazamos la desgracia de nuestra historia remota y reciente –pobreza, desigualdad, ignorancia, insalubridad, desnutrición, injusticia, inconciencia y todo cuanto falta–, con el orgulloso y falso distintivo de la diferencia.

Nosotros –decimos con mendacidad–, somos diferentes.

Y todo se resume en la frase patriotera, precursora del orgullo nacionalista de la IV-T: “como México no hay dos”. El pueblo es sabio.

–¿Y si es sabio por qué está tan históricamente jodido? ¿Cómo ha permitido esta incurable condición degradada, a lo largo de tantos años? Y sigue.

Posiblemente nuestra condición única sea cierta. Tan cierta como la del pueblo ruso o el pueblo senegalés. Cada nación guarda su idiosincrasia, pero resulta triste darnos cuenta de cómo la abulia, nos lleva a establecer la gran condición de muestra originalidad: no somos diferentes, somos indiferentes.

Sólo un pueblo indiferente, más alá de sus clasificaciones socio económicas en clases altas, medias o bajas, el conjunto nacional es una borregada insufrible. Pongamos por ejemplo el manejo de la epidemia.

Con un poco de conciencia popular el verbo enrevesado de López Gatinflas ya sería materia de un juicio político, por no hablar de otros López.

Y ni insistir tampoco en las cifras reales de la mortandad, el contagio y la falta de insumos médicos. Cuando alguien describe la catástrofe con la remota y previsiblemente imposible cifra de los 60 mil muertos y por su irresponsabilidad se superan los 400 mil, sin nadie para protestar enérgica y eficientemente, siquiera en el campo electoral y reorientar las políticas públicas con la fuerza de la presión social, entonces todos se merecen lo ocurrido, menos los muertos, porque a ellos ya no se les puede reclamar.

La desgracia sanitaria absoluta en México (el daño irreparable, lo ha llamado una investigadora Laurie Ann Ximénez-Fyvie) no ha causado efecto alguno en la percepción general sobre sus gobernantes. Es más, han premiado al presidente de la República, último responsable político de todo cuanto su gobierno haga o deje de hacer, con elevadísimos números aprobatorios, producto no de la obra sino de la maniobra.

Lo más reciente en la cadena de dislates (estupideces, les llamarían otros), ha sido el grotesco manejo del cambio de semáforos.

Alentado por la necesidad electoral de ofrecer una imagen (falsa) de control epidémico y regreso a una normalidad inexistente, el gobierno federal forzó los retornos. El de la ciudad obedeció la irresponsable estrategia del Palacio Nacional.

El cambio al semáforo verde, a las clases presenciales (voluntarias, como si el virus distinguiera entre obligados y convencidos), fue un fraude inoportuno, apresurado y mendaz.

Ahora vamos de regreso.

Y en la infatigable labor de aparentar en lugar de solucionar, la habilidad del gato por la liebre nos ha llevado de ofrecer interminables dosis de atole con el dedo, convertidas ahora en peritajes con el dedo, como en el caso de la Línea Doce.

No ha habido nada más evasivo. Los noruegos (mexicanos en una empresa con siglas de Noruega), han repetido lo mismo de hace años y años. Y lo han cobrado como nuevo.

El Metro de la ciudad de México –como el “control” de la epidemia–, es un fraude monumental.

¿Por qué? Porque lo cobraron como si estuviera bien hecho.