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La revista Nexos de febrero está dedicada a los cien años de la Constitución del 17, que se cumplieron ayer.

El título de la portada es el de esta columna. Alude al hecho histórico de que nuestros códigos constitucionales, incluido el de Ciudad de México que se promulgó también ayer, tienen que ver más con los sueños de la nación que con la regulación efectiva de su vida pública.

La Constitución del centenario, como la de 1917, dice poco de la realidad de nuestras costumbres políticas. Dice mucho, en cambio, de los proyectos de nación de sucesivas generaciones de legisladores. Dice más de nuestros sueños que de nuestra vida pública.

Dos tradiciones complementarias y contradictorias   rigen la mecánica constitucionalista de México. Una, que las leyes deben reflejar propósitos más que obligaciones. Otra, que si se quiere que una ley llegue a cumplirse, hay que ponerla en la Constitución.

La primera tradición es determinante de nuestra cultura constitucional. La segunda, del continuo afán político de cambiarla.

Las normas constitucionales entre nosotros no son reglas pensadas fundamentalmente para regular la conducta pública, sino para expresar las aspiraciones colectivas de la sociedad. Este es un rasgo constitutivo del constitucionalismo mexicano. Desde su primer código mayor, en 1824, la nación se pensó no como era, la extensión de una monarquía, sino como quería ser: una República moderna.

También fue fundacional el afán político de cambiar la realidad cambiando la Constitución: había que saltar la imperfección del presente legislando para el futuro. Había que darle a la nación un rumbo más que una preceptiva.

La lógica constituyente mexicana es como sigue: ya que no somos una República pero queremos serlo, establezcamos en la Constitución que seremos una República para que el precepto nos guíe, obligue poco a poco a gobiernos y a ciudadanos, y un día la República sea realidad.

Se entiende desde el primer momento, en esta lógica, que el precepto constitucional no podrá cumplirse, pero se sobreentiende que algún día, en el tiempo, con la acción de los gobiernos y la demanda de la sociedad, el sueño se hará realidad y la Constitución será cumplida. Habrá sido un sueño visionario vuelto verdad por la historia.

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