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El zar de la seguridad pública en México durante el gobierno de Felipe Calderón, Genaro García Luna, preso en Nueva York, sigue dando materia a la prensa pero no, todavía, a la justicia.

Suponemos, no sabemos, las pruebas que puede tener la justicia estadunidense contra él: testimonios de testigos protegidos.

La tolvanera de prensa ha sido mucho más grande que los resultados judiciales del caso, salvo por el hecho fundamental de que García Luna está preso.

El gobierno mexicano se colgó del hecho, por completo ajeno a  decisiones de su propio aparato judicial, para volver el juicio estadunidense un triunfo político local: siempre lo dijimos.

Lo dijeron, pero no abrieron una investigación ni aportaron una prueba criminal contra García Luna. Tampoco hicieron aquí lo que hicieron allá: ponerlo preso.

La ex embajadora estadunidense, Roberta Jacobson, echó su puñado de polvo a la tolvanera diciendo que en su época de representante diplomática en México, tuvo información de que García Luna, uno de los más fieles colaboradores de seguridad de su legación, andaba en malos pasos.

Proceso convirtió lo dicho por la ex embajadora en una confirmación de los  crímenes de García Luna. La ex embajadora negó públicamente que  el sentido de sus palabras fuera el que reportó Proceso.

El ex presidente Calderón, jefe de García Luna, aprovechó la corrección de la ex embajadora para reprochar a Proceso el sesgo de su nota.

Al final de la ronda de salvas, los crímenes de García Luna siguen en la bruma. Todo el mundo parece tener una idea sobre ellos, pero nadie tiene una prueba, salvo, quizá, el tribunal neoyorquino que lo juzga, famoso por no hacer tiros de salva.

El gobierno mexicano no ha aportado nada sustantivo a las acusaciones. Solo se ha hecho eco de ellas para probar que sabía, y que todo lo que sabía y lo que ha dicho sobre el sexenio de Calderón, queda demostrado por los hechos que aún mantiene en secreto el juzgado estadunidense.

La pregunta es ¿por qué si el actual gobierno sabía de García Luna, no procedió a acusarlo y detenerlo, como hicieron los gringos? Sabrá Juárez. La invencible bruma judicial mexicana.