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Asusta el vacío intelectual en que transcurren las pugnas de nuestros partidos políticos. Todo en ellos es un pleito de posiciones sin posición, puestos sin propósito, poderes sin rumbo: una vida política puramente instrumental que se ahorra la tarea de pensar y decir para qué se quieren las cosas, para qué los puestos, para qué las candidaturas, para qué el poder.

Da lo mismo si se mira a la derecha, a la izquierda o al centro. No hay en realidad ni derecha ni izquierda ni centro. Hay solo conglomerados que disputan por supremacías internas, como si les fuera en ello la vida.

Probablemente les va la vida en ello, la única vida que son capaces de dar a sus partidos, la vida de la política sin inspiración ni propósitos públicos, la vida del pleito desnudo por el poder, un poder que ni siquiera es gran cosa, pero que es puro poder, instrumento puro.

Se acusa al PAN de que predomina en su directorio el pensamiento derechista. Ojalá y así fuera, ojalá y hubiera siquiera ese pensamiento en el molinillo ideológico panista, algo que fuera más allá de lo único que parece haber: una colección de prejuicios y creencias sin densidad ni linaje.

Se dice que en el PRD predominan las nociones de una izquierda arcaica. Ojalá y así fuera, ojalá que la puja entre esas ideas, pobres, pero ideas al fin, explicara al menos en parte la batalla campal que libran entre sí las autollamadas tribus del partido.

Se dice que el PRI es reo de las ideas priistas de siempre que no se atreven a decir su nombre. Ojalá y hubiera al menos esas ideas escondidas en el tinglado de las negociaciones ventajosas que parece el único talento vivo del partido.

Bajo lo que llamamos derecha, izquierda y centro en nuestro espectro partidario no hay en realidad ideas. Hay solo, al parecer, eso que la prensa refleja día con día: pujas, pleitos, golpes, cargos, tribus, canonjías.

Maromas sin rumbo, y sin gracia.

Escribí los párrafos anteriores en este mismo espacio el 13 de febrero de 2007, hace diez años. Algo hemos cambiado, pero no mucho.

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