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Dedicaré la semana a proponer algunas quimeras nacidas de una disciplina sin linaje que llamaré política-ficción.

La política-ficción es una versión plebeya de lo que los historiadores llaman historia contrafactual, divertimento aleccionador, tan fascinante como inútil, salvo para sugerir que no hay cosas fatales en la historia.

La historia contrafactual se dedica a imaginar cómo habría sido la historia si los actores del momento hubieran decidido cosas distintas a las que decidieron.

La más citada formulación de la disciplina alude a lo que hubiera cambiado la historia si Cleopatra, en vez de la nariz que enloqueció a Julio César, la hubiera tenido anodina para los ojos del romano.

¿Qué habría pasado si ni Napoleón ni Hitler se hubieran empeñado en invadir Rusia, contentándose ambos con afianzar el dominio que tenían sobre Europa?

Desde luego no habríamos leído nunca al Tolstoi de Guerra y paz, pues no hubiera existido la materia histórica de la novela.

¿Qué habría pasado si en lugar de reelegirse en 1910, Porfirio Díaz cede la candidatura a Bernardo Reyes o a Ramón Corral y arbitra las elecciones de aquel año, en vez de manipularlas?

Quizá no hubiéramos tenido la revolución de 1910, sino algún arreglo aburrido en la cúpula, inventado por el viejo patriarca durante algún descanso de sus dolores de muelas.

¿Qué habría pasado si Obregón, en vez de escoger a Calles para su sucesor, escoge a Adolfo de la Huerta, su otro paisano sonorense?

Desde luego no habríamos tenido la rebelión delahuertista de 1923, que se llevó tras de sí a la mitad del ejército revolucionario, y probablemente nos habríamos ahorrado la Guerra Cristera, que la historia pone en la cuenta de Calles.

Si León Toral no mata a Obregón en la Bombilla en 1928, probablemente Obregón le hubiera recetado al país una versión sonorense de don Porfirio, aunque de duración menor pues la salud quebrantada del caudillo de Huatabampo no habría dado para las décadas de hierro del oaxaqueño.

En las aguas de la política-ficción y la historia contrafactual chapotearé estos días, ojalá que con la indulgencia risueña de los lectores.

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