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Los mexicanos entendemos (es decir: no entendemos) ciertas conductas de nuestros políticos. Sabemos que no les gustan las restricciones, como a ningún político, pero en México, en particular, no les gustan las restricciones económicas, porque es el pie recurrente del que cojea el país.

Tenemos en México, como en todas partes, dos clases fundamentales de políticos: los que aceptan las restricciones económicas y los que no.

Tenemos aquí una tercera clase de políticos, propiamente mexicanos: los que dicen que aceptan las restricciones económicas pero se sirven con la cuchara grande para violarlas.

Es lo que pasó durante el gobierno de Peña Nieto que, sin negar un día su compromiso con el equilibrio de las finanzas públicas, recibió un peso en 13 por dólar y lo entrega en 21 por dólar.

Al otro político que entendemos bien los mexicanos es al que le echa la culpa al exterior de los desastres económicos internos.

Nuestro ejemplo mayor es el presidente José López Portillo, quien dijo en 1982, en medio de una devaluación catastrófica, que la responsabilidad del desastre era de la tormenta (afuera) no del timón (adentro).

A este paradigma del político que culpa del naufragio a la tormenta no al timonel, pertenece el último párrafo del artículo publicado ayer en este diario por el senador Ricardo Monreal.

El senador escribió: “Una iniciativa de ley no es la causa fundamental, única o principal de estos movimientos (negativos del mercado). El responsable directo de estos movimientos es el mercado, no una iniciativa que ni siquiera es ley aún” (“Precisiones”, MILENIO, 13/11/18).

La iniciativa del senador Monreal no es, en efecto, la causa principal del desastre. Es la causa única. No hay ningún asunto externo que explique la caída de los indicadores mexicanos, ni en el caso de la cancelación del aeropuerto ni en el caso del anuncio de la posible restricción a las comisiones bancarias.

Creo que el gobierno electo está jugando a las vencidas con los mercados internacionales y que van perdiendo en la apuesta por miles de millones de dólares. El timón está desatando la tormenta.

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