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Dicen los cronistas que el futbol es cosa de hombres. Ojalá fuera cosa de mujeres. Ahora que nos hemos llenado de decepciones futbolísticas en todos los torneos mundiales donde jugamos, tuve el placer de asomarme a la copa mundial de futbol de mujeres.

Fue un remanso ver a estas hábiles, rápidas y por su mayor parte preciosas muchachas jugar este deporte como deberían jugarlo los hombres: sin quejas, ni fingimientos, ni mala fe, ni gritos al árbitro, ni ganas de engañar a todo mundo, ni de golpear a sus adversarios sin castigo.

Particularmente rico en estas trapacerías del futbol de hombres, ha sido la Copa América que se juega en estos días: una ingeniosa colección de violencia matrera, faules “tácticos”, entradas arteras, engaños y reclamos al árbitro.

Merecerán los jugadores de esta Copa América que el momento canónico del torneo acabe siendo el dedo que el jugador chileno Jara le metió en salva sea la parte al uruguayo Cavani para provocar su expulsión.

El dedazo de Jara le pareció al legendario entrenador y jugador argentino Carlos Bilardo, “parte del folclor del futbol”, preferible, dijo “a que me rompan una pierna”.

Con lo que volvemos al tema del “juego de hombres”, donde lo normal es golpear alevosamente, engañar al árbitro y picarle el culo o romperle la pierna al rival.

Viendo jugar a las mujeres sin ninguna de esas cosas del futbol de hombres, uno entiende lo intenso, lo fluido y lo emocionante que puede ser el mismo juego, regido por las mismas reglas, pero que los hombres se dedican a violar y las mujeres a respetar.

Ojalá que el futbol de hombres llegara a ser alguna vez ese deporte que juegan lealmente las mujeres y no la cosa de hombres de hoy, dedicados a  abusar de las reglas del deporte.

Ojalá que el futbol llegara a tener la contención viril y la viril falta de queja y de trampas con que juegan las mujeres del mundial femenil de este año, espectáculo al que llegué como a un torneo de consolación y ha sido en verdad un placer y un consuelo.

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