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Ayer terminé mi participación en el programa La hora de opinar que conduce Leo Zuckerman. No fue mi decisión, fue decisión de la empresa Televisa.

Con Televisa he tenido una larga y fructífera relación. Esto es lo primero y lo fundamental que quiero recordar.

Con el programa Zona abierta, entre 1998 y 2006, y luego con La hora de opinar, durante los últimos 14 años, Televisa fue para mí un espacio de hospitalidad, amistad, oportunidad y libertad.

Televisa me abrió un espacio profesional no sólo en los programas que digo, también en sus convocatorias a opinar sobre momentos claves de la vida pública mexicana.

Fui parte de esa familia abierta, donde hice amigos que valoro mucho y aprendí una cosa invalorable: la televisión genera en los televidentes una estela de buena voluntad que no ofrece ningún otro medio donde se debaten diferencias.

Hay algo familiar en la pantalla de la televisión. Induce en los televidentes una actitud de simpatía con lo que ve, de la que he sido beneficiario estos años.

La razón que me han dado para que salga de la parrilla de La hora de opinar es que hay que renovar la pantalla, traer voces y talentos nuevos.

Esa es la naturaleza del medio, una exigencia de renovación continua. Esta exigencia se ha comido a grandes profesionales de la información, que estaban enteros cuando los desplazaron, pero no iban a estarlo siempre, mientras tocaban a la puerta otros talentos.

No digo nombres para no personalizar, del mismo modo que no personalizo la exclusión de mi nombre de este programa, muy querido para mí.

Más allá de mi caso, la decisión que han tomado en la empresa de separar, junto conmigo, a otros cinco personajes de La hora de opinar no puede entenderse sino como un sesgo político.

El único rasgo común de los personajes a que me refiero, conocidos por todos, es haber sido voces críticas en ese programa.

No me parece un buen síntoma.