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Si el sistema educativo mexicano no hubiese sido descuartizado en los últimos años, todo compatriota adolescente que tuviere interés en entender el país en el que nació o vive, tendría en algún lado la materia obligatoria de leer las novelas del escritor más despreciado de México, Luis Spota.

A Spota -llamado en sus inicios en Excelsior “el niño terrible de Bucareli”- nunca lo hicieron secretario de Educación como a Agustín Yáñez, ni embajador en París o Delhi como a Carlos y a Octavio. A cambio de esos privilegios -que en nuestro tiempo cualquier ex gobernador corrupto y dócil reúne méritos para el cargo- Spota fue el cronista de sus tiempos, especialmente desde los cincuenta hasta su muerte.

Como la mayoría de los que nos dedicamos a escribir porque no sabemos hacer otra cosa, Luis cayó en el anzuelo fácil de la narrativa de Verne, Salgari y Swifft; la epopeya, pues, que es la forma primigenia del periodismo. Pregúntenle a Homero. Como otros compañeros de pluma, Spota quiso ser torero: debutó con novillos en la Condesa, plaza donde irónicamente ahora hay una tiendota de los Bailleres. Por encargo de Regino Hernández Llergo (Revista Hoy) Spota entrevistó para la modesta revista al aviador Francisco Sarabia cuando tenia 14 años.

Spota, claro.

Tal vez sin intención, Luis comenzó a forjarse una leyenda de su entorno. Dijo, se lo creo, y se lo avalo, que cada mañana se sentaba a la máquina de escribir y no se levantaba de ahí sin haber terminado por lo menos dos cuartillas del proyecto en el que estaba. Esa draconiana disciplina parió 29 novelas y media, algunas de las cuales fueron los primeros best sellers de la industria editorial nuestra. Algunos títulos para refrescar nuestra nostalgia: Murieron a mitad del Río, Las Grandes Aguas, La Estrella Vacía, que como otras fue película,Las Cajas, Más Cornadas da el Hambre, La Plaza, o la que me ocupa hoy, Casi el Paraiso.

Luis Mario Cayetano Spota Saavedra Ruotti Castañares (así dice Wikipedia), publicó en 1956 la que para mí es su mejor novela, Casi el Paraíso. Es una aguda crítica a la moral pequeñísima burguesísima mexicanísima de esos años. La historia es simple: un guapo pillo italiano se hace pasar por el Conde Conti, quien efectivamente existe y consta en actas. Los rastacueros mexicanos ponen a disposición del aristócrata todo lo que pueden dar, elogios, cotesías, distinción, dinero, incluyendo las nalgas de sus hijas, para quedar bien con la nobleza importada. Si quieren saber el final, lean el libro, que es mejor que la versión en cine que vimos ayer.

Eso no quiere decir que la película sea mala. Selecciona de la novela los episodios y situaciones más emblemátioas de la sociedad mexicana de 1956 y su clase dominante. La cinta, que es una coproducción mexico-italiana está muy bien realizada y tiene muchas actuaciones soberbias. Ahora, en la version que yo ví, encuentro una pedantería innecesaria. Hay importantes segmentos de la historia que suceden en Bari, o en una cárcel en donde todo mundo habla italiano. Otras escenas importantes para la historia están habladas en inglés. Los que no dominen esas lenguas se pierden información importane de la historia, porque no hay sbtítulos, aunque el muy buen lenguaje cinematográfico impida la ruptura de ese hilo narrativo.

Lo más estremecedor de todo ello es que Casi el Paraiso es una película que habla de la sociedad mexicana y su estercolero proceder a todo nivel en 1956. Para mí, estaba viendo una película sobre el México de 2024.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Escuché por primera vez de Casi el Paraíso ayer en un programa matutino de la televisión. El director anunció que ayer jueves la peli se estrenaba en 1,200 pantallas en todo México. A la sala a la que mi Bertha y yo fuimos, en la función de las 14.30 había cinco espectadores.