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A finales de febrero de 2020 la pandemia de covid llegó a México y tres meses antes López Obrador había extinguido el Seguro Popular, que atendía como a 50 millones de personas, para engendrar el adefesio que nombró Instituto Nacional de Salud para el Bienestar (ni modo que para malestar), que de nada sirvió y tardó en desaparecerlo más de tres años (2023).

La devastación del servicio público de salud no empezó con alguna catástrofe natural ni un colapso presupuestal, sino con aquel descocado capricho presidencial.

Quienes recurrían al programa creado en el foxiato recibían un servicio básico que funcionaba más bien que mal y era susceptible de ser mejorado.

Con el abortado Insabi, los pacientes quedaron atrapados en un experimento de improvisación por un organismo que jamás tuvo reglas claras, financiamiento suficiente ni capacidad operativa.

El resultado fue dramático y están documentados el colosal desabasto de medicamentos, la opacidad en las compras, la distribución, la pérdida de tratamientos y la condena silenciosa de centenares de miles de enfermos, entre quienes hay que recordar a niñas y niños con cáncer sin medicinas para ser tratados (cuando sus padres protestaban y exigían, el Doctor Muerte López-Gatell aseguraba que pretendían dar un “golpe de Estado”).

Para remediar lo que había provocado, a López Obrador se le ocurrió la chusca, pero también idiota farmaciotota en Huehuetoca que, aseguraba, resolvería la escasez de medicinas en todo el país.

La realidad es que aquel mausoleo del desabasto surtió, en promedio, tres recetas por día.

¡Tres!

Fue un elefante blanco del tamaño de un centro comercial inútil como almacén, ineficaz como sistema logístico y ruinoso como política pública.

Esa historia sería solo una anécdota extravagante si en “el segundo piso” de la 4T no siguiera repitiéndose la misma lógica de ocurrencias para sustituir instituciones. Hoy surge otra panacea llamada: Farmacias del Bienestar.

A simple vista son mostradores diminutos (de quizás un metro y medio de largo por uno de alto),  pintados del guinda Morena, parecidos a las pequeñas “islas” de los corredores en centros comerciales. Vaya: como si la salud pública fuera asunto de pequeñísimas tienditas de abarrotes o puestos de garnachas, elotes y tamales.

Ninguno parece contar con sistemas de refrigeración, indispensable para medicamentos que requieren conservarse fríos.

¿Los dependientes cumplirán las verificaciones y certificaciones que exige la Cofepris?

“Farmacia” no es un mueble, sino un inmueble celosamente regulado, con responsables sanitarios, protocolos de manejo, controles de temperatura, bitácoras, cadenas de custodia, surtido suficiente y personal calificado.

La paradoja es evidente: destruyeron el Seguro Popular, fracasaron con el Insabi, con la farmaciotota y ahora presumen unas cajotas con pinta de propaganda política disfrazada.

Una involución sanitaria, pues, que deja más vulnerable a la población más atenida a promesas que a medicamentos…