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En la recta final de los comicios estadounidenses, todo indica que la pandemia del Covid-19 incidirá en el resultado electoral. Los dos candidatos, el republicano Trump, y el demócrata Biden, tienen posturas y opiniones opuestas sobre el coronavirus. Mientras Donald Trump minimiza la pandemia; se muestra refractario al uso de la mascarilla; y reitera que las noticias sobre el repunte de contagios son “fake news”, alegando que hay una conspiración de los medios en su contra; su contrincante Joe Biden asiste a todos los actos proselitistas con la mascarilla puesta y expresa su disposición para actuar de inmediato de manera científica para controlar la pandemia. Además aprovecha para recordar que el uso del cubrebocas hubiera reducido el número de contagiados por el coronavirus. Al concluir sus reuniones hace hincapié sobre el uso de la mascarilla.

Por esta razón, la columna que usted tiene frente a sus ojos lleva por título, como en la lucha libre: mascarilla contra cabellera. Aunque esto es sólo para ponerle un poco de color a mi texto puesto que en caso de perder la elección Trump seguirá con su barroco peinado y Biden seguirá usando la mascarilla hasta que la epidemia termine o se encierre en su casa a piedra y lodo, lo que ocurra primero.

Para seguir con el símil luchístico es obvio que Trump es el luchador rudo y Biden el científico. En razón a estos roles son sus discursos. Mientras Trump recurre al piquete de ojos y declara que el demócrata es un izquierdista radical que de llegar al poder convertiría al país en un desorden socialista. El técnico Biden hace referencias a Dios, al Papa, a Franklin Roosevelt y se declara antirracista. Propone “una nueva ola de justicia” en Estados Unidos.

Pero, ¿qué dice el público? Las últimas encuestas del voto popular le dan una ventaja a Biden de 7.5 puntos. No tanto por la simpatía que el exvicepresidente de 77 años tenga, sino por la antipatía y desprestigio que Trump ha adquirido en su período presidencial. La ventaja de Biden corresponde, reitero, al voto popular, o el voto individual entre todos los votantes del país, sin importar el estado en el que vivan. El sistema electoral estadounidense para elegir presidente es obsoleto. Los votos individuales van a dar a manos de los Colegios Electorales que son los grandes electores que se les asignan a cada estado en razón al número de habitantes. Por ejemplo, California, el estado más poblado, tiene 55 Colegios Electorales. Existen 7 estados, con una población menor al millón de habitantes que sólo tienen 3 Colegios Electorales. Los mismos que tiene el distrito de Columbia, sede de Washington, la capital. Los territorios estadounidenses no están representados en el Colegio Electoral. En total son 538 los votos electorales. El candidato que sume 270 o más de éstos es el ganador.

Lo anterior hace que no siempre el electo presidente sea el que haya obtenido mayor número de votos individuales o populares. En el año 2000, Al Gore superó a George W Bush por casi 543,895 votos individuales, que se convirtieron en 266 votos electorales contra los 271 de Bush. En el 2016, Hillary Clinton tuvo 2.8 millones más de votos populares que Trump. Pero éste obtuvo 304 votos de los grandes electores contra 234 de Hillary.

Poco tiene que vivir el que quiera saber en qué terminan los comicios estadounidenses en cuestión. Ojala y que, en caso de perder, el candidato rudo acepte su derrota con civilidad y no, como ha dejado entrever, convierta su país en una república bananera.

Fe de errata: En la columna del martes escribí que ya habían emitido su voto por correo 50 mil personas. Cotejé mis apuntes previos y vi que tenía anotado 50 millones. Confundí la cantidad, me equivoqué. En el lapso de dos días la cantidad se elevó a 70 millones, la mayoría a favor de Biden.