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Entre los candidatos autopostulados a ocupar el cargo de Fiscal Anticorrupción hubo dos que copiaron el ensayo que debían presentar exponiendo sus ideas sobre el puesto.

No solo lo copiaron, sino que lo copiaron del mismo lugar, y lo presentaron en textos prácticamente iguales, con alteraciones tan leves que no hacen sino subrayar la estupidez subyacente de los postulantes.

Me reí con el título que Jorge Castañeda le puso a su artículo alusivo: “Fiscal anticorrupción: otro oso para el zoológico nacional”.

Me cubrió después el simple asombro por el hecho de que dos aspirantes a ser fiscales contra la corrupción empezaran su camino al puesto con un acto de corrupción cuya tontería es solo comparable con su cinismo.

Escribe Castañeda: “Obviamente no pensaron que podrían ser detectadas sus trampas, ni tampoco creyeron que el recurrir a ese tipo de artimañas los descalificaba ipso facto para el cargo” (El Financiero, 17 marzo 2017).

Bueno, este es precisamente el asunto: ¿qué puede haber en la cabeza de dos aspirantes a combatir la corrupción que empiezan por corromper su trámite de acceso?

¿Qué se imaginan del puesto sino que será una instancia más de impunidad y ellos los posibles capitanes de ese reino corrupto, pensado justamente para castigar a gente como ellos?

Hay aquí algo más que la certidumbre de impunidad que suele acompañar a los actos de corrupción. Hay una especie de segunda naturaleza anticívica según la cual la corrupción es parte del juego permitido, parte de las reglas con que hay que jugar a la anticorrupción.

Nuestro zoológico de la impunidad ha crecido tanto que ya incluye a esta subespecie de ciudadanos cuya segunda naturaleza es no ver su propia corrupción.

Me acordé del descubrimiento hecho por un procurador de los años 90 que había detectado en la recién inaugurada Academia de
Policía a un par de estudiantes sembrados por narcotraficantes para tener un pie metido en la nueva policía desde el principio.

Aquello era premeditación y malicia. Lo de los candidatos a la fiscalía anticorrupción es algo peor: estupidez, naturalidad, ceguera ante la corrupción innata de sus actos.

Toda una ceguera.

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