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La voz que echa de menos la historiadora Alejandra Moreno en la conversación pública de México no es “el silencio de Los Pinos”, la voz del Poder Ejecutivo, sino la voz del Congreso.

Más específicamente, la voz del Congreso constituyente de 1917, donde se zanjó el dilema histórico del momento: si México debía persistir en el régimen presidencial, de cuyo ejercicio torcido había nacido la eternización en el poder de Porfirio Díaz, o debía plantearse otro régimen.

El Congreso del 17 persistió en su elección presidencialista y puso al país en el camino de una nueva forma de poder unipersonal, cuyo espíritu perdura en nuestra cultura política.

El México de 2015 es muy distinto del de la hegemonía priista de los años 50, 60, 70 del siglo pasado. No digamos respecto del México de la alternancia democrática inaugurada en el año 2000.

“El ánimo confuso que nos envuelve persiste”, dice Alejandra Moreno, “porque el gobierno funciona como si nada hubiera sucedido en tanto tiempo. La muestra es que los políticos se aferran a la explicación de que el Presidente ocupa el centro del sistema político, personifica la unidad de la nación y como gobernante ‘todo lo sabe, todo lo puede y se hace obedecer’. Sin embargo esa imagen de un solo centro que mantiene en órbita a los actores de la escena pública ha dejado de ser inspiradora y ahora deja ver su trama cosida con dificultad”.

Alejandra Moreno regresa en su texto al momento del Constituyente del 17 en que se decide, en aras de la estabilidad del régimen presidencialista, hacer irresponsable al Presidente, es decir: hacerlo injuzgable por sus fallas políticas. Ese blindaje anula la posibilidad de “corregir la política con la política”. Crea un poder en su esencia intocable por los otros poderes: no lo puede llevar a juicio político el Congreso ni lo puede destituir la Corte.

El diálogo y la competencia entre poderes quedan así constitutivamente disminuidos. Hay que recobrar el debate público desde su raíz:

“Propongo”, dice Alejandra Moreno, “dar por terminado un ciclo centenario y reiniciar con franqueza el análisis de los puntos centrales de la organización del poder en México. Es necesario revisar nuestras herramientas constitucionales para romper el impasse que da impresión de estar en movimiento pero no cambiar de lugar”.

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