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Ayer, 23 de marzo, había en Alemania más de 29 mil infectados de coronavirus y sólo 123 muertos. En España había 35 mil infectados y 2 mil 756 muertos.

La diferencia en infectados no es muy grande, en muertos es brutal.

La eficacia alemana en la contención de la pandemia es muy superior a ninguna de las otras registradas. ¿Por qué?

He encontrado un principio de respuesta en tuits de dos conocedores: @Luis_ I_ Gómez, bioquímico, editor de desdeelexilio.com, y Alfonso Araujo, @Alf_ArGzz, quien pudo cubrir desde China el brote y ha ofrecido algunos de los acercamientos a la pandemia más sencillos y penetrantes que se pueden leer.

La pieza central del misterio es la rapidez y la abundancia de pruebas para detectar brotes tempranos del virus que hizo Alemania.

Al 21 de marzo pasado, había realizado 167 mil pruebas de posibles infectados, contra 103 mil de Estados Unidos.

Sus pruebas tuvieron particular eficacia porque, explica Luis I. Gómez, desde enero el estado alemán cambió la ley de protección contra enfermedades y estableció como obligación legal, para individuos y para instituciones, informar de los casos de infección y de sospecha de infección por coronavirus y seguir los protocolos del Instituto Robert Koch, autoridad alemana en la materia.

El cumplimiento de esa ley, la disciplina alemana ante las reglas, fue clave para que ya el 15 de marzo hubiera más de 160 mil muestras de pruebas en 148 laboratorios.

Clave también, desde luego, fue la fortaleza previa del sistema hospitalario alemán, donde hay más de 28 mil camas de cuidados intensivos, 34 por cada 100 mil habitantes. (En México hay menos de cuatro).

Decisivo también fue que la infección no se radicara en un punto del territorio, como sucedió en España con Madrid y en Italia con Bérgamo. La infección tuvo una distribución territorial equilibrada.

El factor político fue desde luego Angela Merkel, la canciller alemana, a la que vimos asumir a tiempo la gravedad del problema y decirlo sin eufemismos a sus ciudadanos, instándolos a actuar como tales, según lo previsto por la ley, en el cuadro de una política pública de emergencia capaz de sacar el mejor provecho de una red sanitaria de por sí disciplinada y robusta.