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La suprema Corte de la Nación tomó la semana pasada una decisión de resonancias mundiales. La revista The Economist dio cuenta del hecho con estas líneas: “el segundo país católico del mundo descriminaliza el aborto”.

La Corte dio un salto fenomenal en su arbitraje de ampliación de derechos constitucionales revisando una ley de Coahuila que imponía tres años de prisión a mujeres que abortaran.

La Corte saltó de ahí a establecer el derecho universal de las mujeres mexicanas a elegir sobre la interrupción de su embarazo y a no ser criminalizadas por ello. Son dos cosas distintas y tienen distintos cauces de efectividad.

La descriminalización podrá hacerse efectiva más rápido que el derecho a interrumpir el embarazo, pues esto último implica tener los recursos institucionales para hacerlo: hospitales y médicos dispuestos a cumplir la petición, como sucede en Ciudad de México. La realidad es que el fallo de la Corte desautoriza la constitucionalidad de todas las legislaciones estatales (28 de 32) donde la interrupción voluntaria del embarazo está prohibida y donde se pena con cárcel el aborto.

Para cualquier mujer será posible en adelante defenderse de la acusación penal y de la cárcel por haber abortado.

No es claro cuántas mujeres están presas por eso, pero en los últimos cinco años se han abierto cerca de 4 mil expedientes acusatorios por aborto. La actualización de los códigos para suspender la criminalización y permitir la interrupción del embarazo será una larga batalla política. Sorprende la profundidad de la decisión de la Corte en el corazón de una sociedad católica y mayoritariamente contraria al aborto, uno de esos temas en que la negociación y los términos medios son imposibles.

Sorprende también la unanimidad de la decisión. Si esto solo fuera, lo que la Corte decidió la semana pasada es quizá el cambio mayor de valores que haya venido de ella hacia la sociedad mexicana.

Todo, hay que decirlo, sin salirse un punto de la Constitución, solo leyéndola en clave de reconocer las libertades efectivas que ella garantiza.

No es solo un cambio en la ley, es un cambio en el corazón de las costumbres, las ideas y las creencias mexicanas. Nunca creí que lo vería.