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La pandemia del coronavirus ha revivido al leviatán que temen, con sobrada razón, la democracia y el orden liberal: el Estado grande que manda sobre la sociedad y sobre la economía, el Estado llamado a filas por la emergencia del coronavirus.

Vemos gobiernos cerrando fronteras, ciudades declaradas en cuarentena, ciudadanos recluidos con toques de queda, y gobiernos activos en imponer estas cosas, con el consentimiento de su sociedad , a menudo con el reclamo de que no hayan actuado antes con rigor y premura suficientes.

Del fondo de la pandemia sanitaria y económica que invade al mundo, los reclamos que surgen de la sociedad son ordéname, protégeme, regúlame, gobiérname.

La situación recuerda casos clásicos de historia antigua: ciudades amenazadas por la guerra o por la peste que se entregan al arbitrio del dictador que las salvará.

El Senado de la República de Roma da poderes excepcionales al cónsul para que salve a la ciudad en la emergencia. La historia termina en la disolución de la República y en el imperio de los césares.

La pandemia sanitaria de hoy pide y construye a su paso gobiernos de emergencia que gobiernan con medidas de emergencia.

Lo mismo pide y construye la dislocación de la economía global: respuestas drásticas, gobiernos que salen al rescate financiero haciendo lo que temen con muy buenas razones históricas el orden liberal y la deliberación democrática. Pero la libertad es desordenada y la democracia es lenta. La emergencia global pide rapidez y orden. Es, en sí misma, un estado de excepción.

Al final del ciclo de la pandemia sanitaria y económica que vivimos, como al final de la gran depresión del 29, lo que el mundo tendrá son gobiernos nacionales fuertes en todos los ámbitos de la vida.

En el de la regulación social, potenciada por el conocimiento técnico de la vida privada, y en el de la regulación económica, definida por las políticas de salvamento diseñadas con enormes déficit de los gobiernos.

La historia ha cambiado ya, lo que hay adelante es un futuro de Estados fuertes, en cuyo elenco pueden reclamar una medalla de eficacia las dictaduras del globo , o al menos China, que parece ejemplo suficiente. ¿El otro coronavirus?