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Comparto la opinión manifestada por el compañero de páginas en el Economista, Carlos Requena, en su columna Derecho Reservado del pasado martes 2 de mayo, titulada “Cerebros torcidos”. El columnista afirmó que padecemos “gobernantes obsesionados por arrebatar ilegítimas posiciones y arrancar privilegios indebidos a través de engaños, simulación y deshonestidad absoluta”. Para sustentar su criterio, Requena recurrió a la neurociencia, concretamente, a una teoría del investigador Eduardo Calixto, quien en una entrevista radiofónica expuso que el poder transforma y deforma el cerebro de las personas. Este fenómeno está relacionado con la neuroquímica y los efectos hormonales generados por la adrenalina, el estrés y la testosterona que en grados avanzados se gestan con el empoderamiento. Un político suele convertirse en una persona distinta cuando ejerce el poder.

Por lo hasta aquí resumido bien puede decirse que todo poder enloquece y el poder absoluto enloquece absolutamente. Además, pienso yo, la locura es irreversible.

Para comprobar mi aserto le recuerdo a las lectoras y a los lectores la imagen proyectada por Javier Duarte cuando fue aprehendido en Guatemala con la mirada perdida y una sonrisa babosa que delata a quien no está en sus cabales; otra prueba de lo que opino la tenemos en el anuncio del juego de lotería subido a YouTube por Humberto Moreira para promover a su Partido Joven; otra demostración más de la enajenación irreversible que provoca el poder la tenemos en los ojos de “toro loco” de Vicente Fox cuando habla en su programa de televisión Fox Populi. También Felipe Calderón, al que sus “amigos” panistas le dicen de cariño “el torpedo” (por torpe y por pedo), es un testimonio viviente de que el poder mella la razón al querer imponer a su consorte como candidata a la Presidencia de la república. Asimismo, Andrés Manuel López Obrador ha dado señales del padecimiento aquí citado, sin ir muy lejos, esta semana convocó al PRD -al que antes llamó “pandilla de corruptos” y mandó al carajo- a sumarse a una alianza opositora de izquierda, los invitó a la sumisión al expresarles: “si no hay unidad ahora en el Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz, ya en el 2018 pues vamos solos, Morena va a ir solo” (última oportunidad para purificarse).

Un Bad Hombre

Compré un libro titulado El cerebro de Donald Trump, escrito por Eloy Garza González, publicado por Nelson ediciones. Aunque aún no he terminado de leerla, hasta donde voy, la publicación hace una descripción crítica del anormal cerebro del actual presidente de Estados Unidos. Citaré algunos párrafos:

“Donald Trump es un Bad Hombre. Uno más de la pandilla de machos que gobiernan varios países del mundo. Narcisista, ególatra, sociópata. Ningún mandatario tan pintoresco, exótico y peligroso como él. ¿Qué guarda en su cerebro este sociópata que funge como presidente magnate de EUA?

“(…) En el cerebro de Trump, que es el de un sociópata, se magnifican los sesgos mentales que tiene cualquier persona normal. De ahí que mientras más incompetente sea su gestión presidencial, Trump será menos consciente de ello (…) El cerebro de Trump carece de destrezas y talentos para negociar políticamente (su narcisismo se lo impide).

“(…) El cerebro de Trump no procesa bien las críticas, las de la prensa y la evaluación severa de su desempeño por parte de la opinión pública.

“(…) El cerebro de Trump justifica sus acciones, especialmente si son controvertidas, aunque se compruebe que son un evidente error o un fiasco. El motor de esta justificación se conoce en ciencia cognitiva como ‘la necesidad de la consistencia mental’. De manera inconsciente, el cerebro de Trump busca esa consistencia en cada uno de sus actos de gobierno.

“(…) Trump pretende deportar a México 11.3 millones de inmigrantes indocumentados, en un lapso que va de entre 18 meses y dos años. Todo un récord Guinness. Detenerlos y deportarlos representaría un galimatías logístico para las agencias militares y de control fronterizo. El gasto total de deportación masiva oscilaría entre 420 mil millones y 620 mil millones de dólares, según cálculos conservadores. Estas operaciones que llevarían años ejecutarlas implicarían la contracción de la economía estadounidense en 6 por ciento, que equivaldría a 1.6 billones de dólares. Es como si los norteamericanos se dieran un tiro en el pie. O como si Trump fuera el sepulturero de las causas perdidas”.

A título personal diré que Trump todo lo ve bajo su óptica empresarial, cree que continúa en su reality show El Aprendiz, donde les indicaba a los perdedores de cada emisión: “estás despedido”. De esta manera cesó, antes de ayer al director del FBI, James Comey, quien estaba al frente de las investigaciones sobre el presunto vínculo de Trump con el Kremlin.

Por lo que llevo leído de libro anteriormente citado, más lo que todos sabemos de él, diré, parafraseando a don Porfirio Díaz: Pobre Estados Unidos: tan lejos de Dios y tan cerca de Trump.