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No hace falta indagar demasiado.

Una simple vista a los diarios de cada día nos muestra un nuevo brote de descontento cuya potencia, casi siempre mínima –ronchitas en la viruela–, el gobierno desplaza con un simple papirotazo, como quien  aleja una molesta mosca, un insecto al cual no se debe dar ninguna importancia.

Basta con descalificarlos o calificarlos negativamente: son conservadores, fifís, neoliberales, nostálgicos de un pasado corrupto y superado por la fuerza moral de la Cuarta Transformación incontenible y —por ahora—invisible.

El gobierno canibaliza el presupuesto, aleja recursos necesarios y los confisca para actividades socio electorales; merma, disminuye, devora,  mientras los pequeños islotes del descontento crecen unos más, otros menos, pero cuya densidad comienza a formar un  archipiélago de inconformidad cada vez más notable.

Hace un año sólo ocupaban la plaza  del Zócalo dos o tres despistados con protestas individuales. Hubo un tiempo en el cual colocaron dos toldos como una rústica tienda de campaña junto a la puerta de Honor, hasta verse vencidos por el hastío. Les regalaron unos cuantos pesos y los mandaron a su lugar de origen.

Hubo una mañana en la cual una loca en calzoncillos de boxeador, se sentó con la cabeza entre las rodillas frente al Palacio Nacional, con la espalda apoyada en la defensa de su automóvil, y cuando se hartó de meditar sus sueños verdes, se fue sin resentir molestia o atención.

Esas no eran protestas políticas, eran, quizá, los ejemplos del aprovechamiento de una nueva conquista del espacio público, hasta con la única finalidad de disfrutarlo: protestar frente a quien hizo de la protesta su estrategia inseparable. Así ha pasado con  todos los profesores, con los campesinos quejosos, con las víctimas de esta o aquella injusticia menor en el concierto nacional.

La dicha heroica de plantarse –desafiante y orgulloso–, frente al Palacio Nacional a sabiendas de la inmunidad y la desdeñosa tolerancia.

Los defensores del gobierno celebran las protestas porque permiten protestar.

Es decir, no son preocupante muestras de descontento, ni tiene por eso valor alguno ni deben mover a la reflexión o el cambio estratégico; no, son dichosas exhibiciones de libertad personal, imposibles antes porque se vivía en una dictadura corrupta, cínica, neoliberal y etc., etc.

Es la disminución del problema. Si se protesta, si se manifiesta, el motivo deja de existir como tal y se convierte en prueba de la libertad infinita. Todo contribuye a la suma de méritos del gran líder.

Sin embargo no se necesita estar de acuerdo o no con los motivos del descontento para advertir los muchos descontentos. Cada día más.

La simbólica ocupación del Zócalo, la tarde del sábado pasado por los integrantes de ese amorfo y delirante “movimiento” llamado Frena, con sus lamentables excesos y sus variopintas ocurrencias, como esa de exigir la renuncia presidencial, en vez de forzar cambios en temas y conductas cercanos y tangibles, ha sido importante, en sentido contrario a la tolerancia solidaria frente a otras expresiones,  precisamente por eso, por haber ocurrido.

Ocupar la Plaza Mayor de la Ciudad de México, prácticamente escriturada por la fuerza de Morena al elogio constante del Presidente de la República –no importa la cifra exacta ni cuántos haya acudido, se lo apropiaron temporalmente–, tiene el mismo valor simbólico de las cada vez más frecuentes puertas en llamas y las pintas feministas en el agredido Palacio Nacional.

Tomar en serio aquella ocurrencia presidencial de hace unos días de retirarse del cargo si se reunieran cien mil para pedírselo y si mermara el apoyo popular desapareciera, es infantil y equivocado. Con mucha frecuencia el Señor Presidente no habla en serio. Hace cosas en serio pero suelta frases como estrategia de distracción verbal.

Es como cuando dice, el mejor gobierno en el peor momento. No se lo cree ni él. Pero no importa. En el gobierno de la lengua no importa lo que se dice; importa que se dice. Como nunca antes el medio es el mensaje.

Y el Presidente es en sí mismo, un  medio de propaganda.

Pero en el mapa brotan pequeñas erupciones. O grandes.

En Chihuahua, donde no se han desconocido formalmente los poderes, pero se borra del mapa al gobernador constitucional, los agricultores viven amotinados. Ya les echaron encima a la Guardia Nacional y se les han construido en algunas presas, retenes militares.

La protesta femenina no tiene fin. Tampoco el desprecio hacia el asunto. Pero nada de eso perturba la siesta de la secretaria Sánchez Cordero.