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Hay en la política y en la sociedad de México una coalición de gobierno que no coincide con las líneas partidarias.

Es la coalición que desde los años 80 del siglo pasado intenta modernizar al país, liberalizar su economía, democratizar su política, desmontar su estatismo y sus monopolios, abrirlo al mundo.

Fue la alianza de un gobierno del PRI deslegitimado y una dirigencia panista dispuesta a negociar reformas democráticas la que hizo posible esa coalición en el siglo pasado (1988-2000).

Siguieron dos gobiernos panistas que encontraron en el PRI un aliado para la gobernabilidad, pero no para la modernización (2000-2010).

La alianza volvió por sus fueros en el Pacto por México de 2012, donde el gobierno del PRI y las dirigencias del PAN y el PRD suscribieron reformas que se habían aplazado por más de una década.

Fue con esos buenos augurios que arrancó el gobierno de Peña Nieto, antes de despeñarse en sus escándalos de corrupción, mala comunicación y pobres resultados económicos.

Creo que las líneas de la coalición modernizadora siguen vigentes, más allá de las fronteras partidarias, porque son parte del movimiento de la sociedad, y del mundo, no solo de los partidos.

Los partidos de la coalición luchan por el poder, pero no disputan el proyecto, salvo en el hecho evidente de que se queda corto frente a los reclamos de la sociedad por corrupción e impunidad, y viceversa.

Lo bueno para Peña sería que su proyecto modernizador ganara la candidatura presidencial dentro de su partido, y luego ganara en las urnas. Ambas cosas están en chino.

Lo bueno para el futuro del país sería que el ganador de las próximas elecciones presidenciales compartiera el proyecto de quienes quieren, en los partidos y en la sociedad, modernizar a México.

El dilema para Peña es si pondrá sus esfuerzos políticos a favor de la continuidad del proyecto, aunque pierda su partido, o remará en favor de su partido, aunque ponga en riesgo su proyecto.

Las elecciones estatales de 2016 nos mostraron a un gobierno federal dispuesto a apoyar lo peor de su partido con tal de que ganaran sus candidatos.

Está claro que fue el camino equivocado, tanto para el partido como para el proyecto de Peña.

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