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Hace diez años y 20 días tomó posesión como presidente de México Felipe Calderón. Lo hizo entrando por sorpresa al recinto del Congreso, donde la bancada lopezobradorista pretendía evitar por la fuerza su toma de protesta. Tomó protesta, apoyado por la fuerza de su propia bancada.

Escribí al día siguiente en este especio:

“(Calderón) salió de la trampa del Congreso más presidente de lo que entró: triunfante sobre sus adversarios y líder de sus legisladores.

“Convocó luego al diálogo, pero empezó a tomar medidas y a ejercer los poderes que tiene, sin hacerse  ilusiones sobre las negociaciones por venir. ‘Dialogaré con quien quiera dialogar, construiré con quien quiera construir’, dijo.

“Anunció una baja de los sueldos de su gobierno, robando esa propuesta un tanto demagógica pero eficaz, de su adversario López Obrador, que gritaba mientras tanto en las calles al frente de sus seguidores.

“Instruyó a sus secretarios y ordenó a las fuerzas armadas hacer cosas precisas en cada una de las prioridades confirmadas de su gobierno: seguridad,  pobreza, empleo.

“Recordó luego, en una minuciosa ceremonia, que es el ‘comandante supremo’ de las fuerzas armadas. Los altos mandos le juraron lealtad, y él prometió ‘velar por  la tropa’.

“Luego tuvo un almuerzo con los medios, luego una cena con sus invitados extranjeros, al día siguiente una oleada de buena prensa internacional y nacional donde finalmente él, no sus opositores, fue el centro indiscutible de la vida pública de México.

“Algo quedó en el aire, sin embargo. El presidente pudo tener una ceremonia más tersa y más segura para la nación que la que tuvo, optando por celebrarla en una sede alterna, pero se empeñó en ganar la que sus adversarios le disputaban lanzando a sus seguidores a ocuparla por la fuerza. Respondió empellones con empellones, necedad con intransigencia.

“Tuvo razón porque le salió bien, no porque tuviera razón. Su apuesta de San Lázaro nos dejó ver a un presidente que se crece ante el riesgo, pero que en el fragor de la batalla puede confundir las líneas que separan el valor de la imprudencia, y la firmeza de la terquedad”. “Un día redondo, pero…” Día con día, 4/12/2006).

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