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Muchos hemos escuchado la frase que dice que la fotografía roba el alma de quien es fotografiado.

Casualmente en estos días me la volvieron a recordar, refiriéndose a que no debería de fotografiar a las personas mientras duermen.

No supe si reírme o solo creer que alguien en verdad lo cree; y después leo la historia de Martina Veranea, una mujer de 84 años que vive con su esposo de 92 en Venezuela y que ahora con el confinamiento se ha descubierto más vieja y en una departamento que llegó a ser habitada por 11 personas, a solo estar uno con el otro.

Una entrevista de Florantonia Singer y publicada en el diario El País, y como toda buena historia que viene acompañada de imágenes, está esta que tomó Andrea Hernández.

Fue así que enlacé el recién comentario de cómo los fotógrafos podemos hurtar el alma de los demás, y caí en la cuenta que pueden tener un poco de razón.

Aquí vemos un pequeño mural de lo que sería una especie de árbol genealógico de una familia: bisabuelos, abuelos, padres, hijos y nietos.

Pareciera que podemos adentrarnos a las personalidades de cada uno, y hasta recrear ese momento en donde les pidieron posar ante el fotógrafo desconocido que estaba allí frente a sus ojos para sacar una foto, de esas incómodas en donde no se vale reír del todo.

Entonces es cuando reflexiono y creo que no es que robemos el alma, sino es que abstraemos un poquito y lo dejamos capturado en una imagen y si es impresa, aún más. Pasmamos rasgos físicos que conforman la personalidad de mujeres y hombres, y entonces es que vemos a la joven de lado izquierdo en la segunda línea y la vemos sonriendo y entonces podemos imaginarnos su forma de ser.

Tenemos su mirada fija y una sonrisa, su cabello trenzado relajado y suelto en la espalda y de frente, y nos contagia su estado de ánimo.

También tenemos a la joven de la última fila, la quinta de izquierda a derecha en con una blusa blanca, su cabello echado para adelante, con la mirada fija también en el fotógrafo, pero seria, los labios tan pegados que su rostro completo está cerrado. Contagia seriedad, incomodidad y un poco lo que vivimos en esa época, el sentirnos obligados a esa foto.

Así que sí creo que la magia de la fotografía y de los retratos es esa, en congelar un poquito de la esencia de una persona. No sé si nos quedemos el alma, pero sí creo que las miradas, las sonrisas, las facciones y la emoción que los fotografiados deciden colocar a la hora de ser fotografiados es una magnífica oportunidad para dejar un legado visual de quiénes fueron.

Por eso creo que imprimir las fotografías digitales, no solo es un mero acto romántico del pasado, sino es que se asegura y se tiene la certeza la historia de alguien, la de todos.

Así no desaparecemos como pixeles que son borrados de cualquier computador, y algo de nosotros quedará en una fotografía que alguien verá y podrá decir “mira, ese peinado era de los 80´s, era tan sonriente o siempre vistió de color negro y fue seria pero linda”.

Crédito de la foto: Andrea Hernández /El País

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Foto: Andrea Hernández /El País