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El paso de la Presidencia de unas manos panistas a otras fue todo menos un ritual de herencia. Los presidentes Fox y Calderón no tenían deudas de honor, complicidad o continuidad histórica con el presidente anterior, ni con su partido.

Los dos perdieron su sucesión. Vicente Fox no pudo imponer a su candidato, Santiago Creel, en el Partido Acción Nacional. Creel fue derrotado, en la elección interna, por el exsecretario de Energía de Fox, Felipe Calderón, quien renunció al puesto para competir por la candidatura de su partido, en desacato abierto a la voluntad del presidente.

Fox no debía su Presidencia a nadie, la había ganado en elecciones abiertas, tanto en el PAN como en el país. No tenía deudas que pagar a ningún antecesor, ni la obligación política de transmitir lo heredado. Heredó a su sucesor más bien una discordia.

La democracia decidió en aquellos años. No decidieron los presidentes, porque los presidentes ya no podían decidir ni quién iba a ser el candidato de su partido.

Calderón fue menos decisivo aún en su manejo sucesorio. No mostró a tiempo sus cartas de precandidatos posibles ni se comprometió con ellas. Las elecciones del 2012 fueron una doble derrota para él, porque entregó de nuevo la Presidencia al PRI y porque la candidata de su partido llegó en tercer lugar.

Visto desde la tradición priista, tanto Fox como Calderón administraron mal su sucesión. Visto desde la lógica de la transición democrática, simplemente hicieron lo que los tiempos permitían: poco.

Se había clausurado la posibilidad de que un presidente eligiera al candidato de su partido y de que este fuera el virtual presidente de México.

Habían terminado las condiciones hegemónicas de aquel partido, el PRI, y las cosas que lo hacían posible: el control del Congreso, el control de los medios, el control de la Corte, la aquiescencia internacional.

El triunfador del 2012, Enrique Peña Nieto, tampoco tenía deudas con sus antecesores. Las tenía con su partido, el PRI, que lo hizo candidato, y con la alianza de gobernadores, alineados con él, que se adueñaron el PRI.

El presidente Peña Nieto actúa, sin embargo, como si debiera más que esto. Como si debiera o pudiera pagar más. Actúa, de hecho, como si pudiera restaurar y transmitir la herencia de los antiguos presidentes priistas.

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