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A partir de la madrugada de ayer, el Izaguirre Ranch es ya un asunto federal.

Fue posible, dijo el fiscal Alejandro Gertz Manero, porque con la detención de El Lastra se abrió una carpeta de investigación por delincuencia organizada.

Lo cierto es que acató la insistente y terminante instrucción de “atraer ya el caso” que la presidenta Sheinbaum le dio el lunes.

A partir del descubrimiento logrado por madres y padres del colectivo Guerreros Buscadores, tardó 20 días (y seis meses desde la incursión de la Guardia Nacional) para ejercer sus facultades.

Del desastre que fue el tour tumultuario a que él mismo convocó, culpó al fiscal de Jalisco y lo recriminó por haber “invitado” también a las buscadoras.

¿Pues no fue Gertz quien el miércoles 19 lanzó la convocatoria, pese a no tener entonces legitimación legal alguna, puesto que no había atraído la investigación?

Cuando se dio cuenta del error corrigió diciendo que le pediría a la fiscalía estatal permitir el recorrido mediático.

Quedó evidenciado el desprecio de Gertz hacia las víctimas al no respetar el derecho que tienen a participar en las diligencias relacionadas con sus búsquedas, y más en este caso, cuando gracias a ellas se descubrió ese sitio de la barbarie delictiva.

Del sábado 15 y al 19 de marzo, Gertz les negó entrar al predio. Ese lapso le sirvió para “limpiar” la escena del crimen y alistarla para que, el jueves, los medios cuatroteros pudieran “constatar” que no era “un campo de exterminio”.

El fiscal tenía la encomienda de organizar la visita para que el lunes la Presidenta diera pie a que “reporteros” afines negaran que fuera un “campo de exterminio”.

Quiere ahora sacudirse el fracaso de su convocatoria y de la estrategia con que se trata de imponer, otra vez como en el caso Iguala, una verdad alterna para imponer la idea de que en el Izaguirre no sucedió lo que descubrieron las madres buscadoras despreciadas por el oficialismo: que además de ser un centro de reclutamiento y adiestramiento de asesinos, el sitio era también un campo de exterminio.

Gertz tiene claro ya cuál es la consigna y su objetivo:

“Vamos a desmantelar algo que estaba creciendo de una manera desmesurada sin pruebas y sin elementos lógicos…”, declaró.

Entonces ese lugar era una “inocente” o “simple” academia de delincuentes.

Omar García Harfuch quiso entrar al rescate tratando de distinguir, sin éxito, entre “campo de exterminio” y un lugar donde se cometen homicidios.

Cuando tropas estadunidenses y británicas irrumpieron en el campo de concentración de Dachau en Baviera (antes las tropas rusas descubrieron en Polonia el de Auschwitz), el general Dwight Eisenhower, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas en la Segunda Guerra Mundial, ordenó que los alemanes de los pueblos circundantes fueran obligados a visitarlo y a enterrar cadáveres.

Y ordenó:

“Graben todo ahora, consigan las películas, encuentren a los testigos, porque en algún momento de la historia algún bastardo se levantará y dirá que esto nunca sucedió…”.