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La fotografía pública, la que nos muestra un evento que se suma a nuestra memoria como el de un acto repetitivo y que conocemos fielmente porque cada año encendemos la televisión y vemos el Grito de Independencia desde Palacio Nacional en la capital de nuestro país.

Lo vemos el mero día o a la mañana siguiente en fotografías que se narran solas, que conservan mensajes históricos con los colores patrios en lugares conmemorativos para el país o para cada estado.

¿De dónde se sostiene? - presidente-andres-manuel-lopez-obrador-durante-grito-de-independencia
Presidente Andrés Manuel López Obrador durante Grito de Independencia. Foto de José Mendez/EFE.

Si ser presidente de un país ha de ser un acto sumamente heroico, pararse en el balcón de Palacio Nacional, portar la Banda Presidencial en el pecho, sostener la Bandera Nacional, dirigirse a toda una nación con los respectivos ¡Viva!, ¡Viva México!, y tocar la campana que retumba en los corazones de todos los mexicanos, ha de ser una osadía.

En la política hay un sinfín de protocolos, normas, reglas, una especie de guiones a seguir dependiendo de cada evento. ¿Por qué? Porque cada acción visible e invisible cuenta y puede ser interpretada de manera incorrecta.

Por eso hay quienes cuentan en su equipo de asesores en comunicación y algunos otros más, para que estén cuidando a su alrededor cada detalle al comunicar, presentar acuerdos, debatir leyes, proponer programas, acudir a actos no oficiales o bien asistir.

Siempre me ha gustado la manera en cómo define la fotografía pública el intelectual francés John Berger “…es una serie de apariencias atrapadas, que no tiene nada que ver con nosotros, sus espectadores, ni con el significado original de ese acontecimiento.”

Apariencias que ni usted ni yo sabemos a detalle, un evento que nos significa como mexicanos pero que al no ser fieles testigos de cómo lo hizo el propio cura Miguel Hidalgo y Costilla junto con Ignacio Allende y Aldama, nos coloca en un puesto de solo espectadores.

Aunque cada presidente le ha puesto su propio toque a cada celebración del 15 de septiembre, esta ocasión, en este año en particular la celebración fue distinta y quizá lacerante para muchas y muchos mexicanos.

La plancha del Zócalo la vimos por primera vez vacía, al menos en mis más de treinta años de guardar en mis recuerdos el Grito de Independencia, no había sucedido. Siempre la gente, apretada una con otra, llegando desde temprano para poder estar lo más cerca posible del balcón central.

La música, el show previo, el ir y correr en casa para que la cena estuviera lista, siempre como un acto solemne que hay que ver, escuchar, gritar en conjunto el ¡Viva México! para agigantar nuestro nacionalismo.

Las problemáticas y los hechos más dolorosos para todos los conocemos y no deseo repetirlos en estas líneas, pero queda más que claro que el presidente Andrés Manuel López Obrador no salió con esa fuerza y ese vigor para transmitir a los millones de mexicanos que las llamas de fuego que surgían del centro de la plancha del Zócalo referían a la esperanza.

Lo vimos acompañado de su esposa en el interior de Palacio Nacional, sin recibir ningún tipo de saludo de nadie, en solitario y en silencio. Antes de caminar directo a la escolta de cadetes del Heroico Colegio Militar para recibir la Bandera Nacional, se le mostró nervioso y mirando el reloj como si estuviera contando los pasos en su mente, para continuar su paso solo y sin errores hacia el siguiente punto en la agenda.

Salió al balcón central de Palacio y como un niño pequeño que no sabe qué hacer si no está junto a sus padres, se toma de lo que puede. Los niños comúnmente se toman de un peluche, de su mochila, de algo. Él salió y tomó la cuerda de la campana con su mano derecha, mientras que su mano izquierda ya sostenía la Bandera.

No los soltó en ningún momento, ansioso y temeroso. No vimos al presidente seguro, firme e incluso lleno de poder como en muchas mañaneras o eventos oficiales. La noche de anoche lució abandonado, sin nadie que lo “apoyara”, sin escuchar la ya repetida frase de su público “Es un honor estar con López Obrador” o alguien que saliera a defenderlo.

Ayer, como pocas veces lo hemos visto, estuvo solo y así desguarnecido, no es lo mismo que sentirse aclamado frente a un micrófono.

Su burbuja personal cambió y el estrés de mantenerse “a salvo” lo colocó en un estado de inseguridad, y lo menciono de manera interna, no en su estado físico.

La tensión en su mano derecha mientras alzaba la voz, lo dejó al descubierto. No se sentía cómodo ni mucho menos con la presunción de todos los días.

De dónde o de quién se sostiene, cuando las decisiones que se han tomado no han sido para mejorar al país, a la ciudadanía en manera equitativa. De dónde se toma uno, cuando sabiendo el peligro de una pandemia ignoraste todo tipo de aviso y cuidados para incitar a la gente a seguir con su vida.

De dónde se sostiene quien no tiene la cara para responder a una familia que perdió a sus mujeres y niños en un ataque del crimen organizado de la manera más brutal, allá cerca de Chihuahua.

De dónde se sostiene quien se niega a responsabilizarse de tantas muertes de pequeñitos que dejaron de recibir su tratamiento para el cáncer que les invadían sus cuerpecitos.

De dónde se sostiene quien ha dejado a las mujeres sin un apoyo o espacios seguros para refugiarse tras ser violentadas.

De dónde se sostiene quien ha decidido romper la libertad de expresión en los medios de comunicación, quitándole el trabajo a cientos de profesionales en su área.

De dónde se sostiene quien no se prepara, quien no lee, quien no asume responsabilidades cuando dijo que lo haría.

Todo eso lo vimos anoche por televisión y en la fotografía de José Mendez de la agencia EFE.