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A Hitler, a Mussolini y, en la actualidad, a Kim Jong-un, dictador de Corea del Norte, les satisfacía y le satisface ver desfilar frente a ellos a sus disciplinadas tropas en un acto de pleitesía y reverencia, un acto de zalamería para su ego. Émulo de los tres mencionados y de varios dictadorzuelos bananeros, Donald Trump, celebró, con el pretexto de los 250 años de fundación del Ejército estadounidense, su cumpleaños número 79, con una parada militar que tuvo un costo de 45 millones de dólares.

La avenida Pennsylvania de Washington D.C., se engalanó para el “Desfile del Jubileo’ del presidente número 47 de E.U., el presunto delincuente Donald Trump. Ante un público, de menor número al esperado, se desplegó el poderío militar de la nación del norte: 128 tanques Abrams, 150 vehículos Bradley con misiles Patriot, 6,000 soldados impecablemente uniformados; los cielos vibraron con el estruendo de los sobrevuelos de los cazas F-35 y bombarderos B-2. Una salva de 21 cañonazos saludó al festejado. Sólo falto que una banda militar le tocara el happy birthay.

En contraste con la egolatría personal presidencial, ese mismo día en dos mil ciudades de todo el país, decenas de miles de ciudadanos estadounidenses y trabajadores migrantes se congregaron bajo el lema “No Más Redadas, No Más Odio”; otros se manifestaron con pancartas improvisadas que pintaban un cuadro de ira; se desplegó una narrativa completamente diferente a la deseada por el inquilino de la Casa Blanca cuya azotea está mal cableada –la del inquilino no la de la casa.

Madres con niños pequeños, activistas sociales, líderes comunitarios y ciudadanos de a pie se unieron en un coro ensordecedor de cánticos espontáneos y disidentes en franca contraposición con lo que en Washington se celebraba. Banderas mexicanas y estadounidenses ondeaban junto a mantas con leyendas: “Familias Unidas, Nunca Divididas” y “Trump: Stop the Raids”.

Las denuncias de las recientes redadas masivas de migrantes, que han sembrado el terror en comunidades de todo el país, fueron el principal motor de las movilizaciones. Testimonios desgarradores de familias separadas y el miedo constante de ser deportados se escuchaban entre la multitud, amplificados por los megáfonos de la indignación colectiva.

Con una energía igualmente desafiante, el movimiento “No King” se hizo sentir. Con símbolos que aludían a la resistencia contra la tiranía y la defensa de las instituciones democráticas, sus integrantes coreaban “¡No hay rey, solo la ley!” y exhibían carteles que recordaban los principios fundamentales de la República. Si bien sus demandas no se centraban directamente en las redadas migratorias, su presencia subrayaba una preocupación más amplia por la degradación percibida de los contrapesos y equilibrios del poder. La coexistencia de estas dos manifestaciones, aunque con causas distintas, crearon un frente unificado de oposición al actual gobierno.

Sin embargo para Trump y su síndrome del Tío Lolo (hacerse pendejo solo) la gran parada militar fue un éxito. Envalentonado habló para el mundo: “Una y otra vez los enemigos de Estados Unidos han aprendido que si amenazan al pueblo estadounidense, nuestros soldados irán por ti. Tu derrota será segura, tu desaparición será final y tu caída será total y completa”.

Pero al caer la tarde, mientras el último avión de combate rugía sobre el cielo de Washington y comenzaban los fuegos artificiales, el país respiraba una atmósfera de disgusto y desacuerdo. El desfile militar, concebido como una demostración de fuerza y unidad, fue eclipsado por el clamor de las miles de voces disidentes. El cumpleaños del presidente Trump, lejos de ser un día de celebración, se convirtió en un espejo contemporáneo de Estados Unidos: una nación que parece despertar de su sueño imperial para confrontarse con la realidad de su decadencia; donde el ejercicio autoritario del poder se enfrenta al desafío de la protesta popular y la búsqueda incesante de la justicia social.

Punto final

Hablar de la Gran Parada de Trump por sus 79 años es una Gran Mentira.