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La 4T ha hecho de la soberanía una palabra talismán que invoca para todo, la blande como escudo y la usa como marca registrada.

Véase si no en dos asuntos delicados: Cuba y la cooperación binacional con agencias estadunidenses.

La narrativa oficial es confusa y vergonzante:

En el caso de Cuba, la presidenta Claudia Sheinbaum se ha enredado al tratar de explicar los envíos de hidrocarburos a la dictadura.

¿Cuántos barriles de combustible se le envían y cuánto dinero representan?

Primero dijo que es una decisión “soberana” de Petróleos Mexicanos; después, que habría que ver “los contratos”, y a la tercera, que es ella quien lo determina y que lo hace por “razones humanitarias”.

Lo de Pemex “soberano” es imposible por ser una empresa del Estado, no un tendero caritativo ni un actor autónomo que despache petróleo a Cuba por cuenta propia.

Si se ayuda a la tiranía isleña —y puede haber razones atendibles para hacerlo—, ¿por qué no decirlo sin rodeos? ¿Por qué no afirmar, con la autoridad que le da el cargo, que es ella quien ordena, por “razones humanitarias”, auxiliar a Cuba?

La infraestructura eléctrica de ese país está en ruinas y los apagones son más frecuentes y duraderos ahora, porque se acabó el apoyo que le daba Nicolás El Extraído Maduro.

No sería la primera vez, con distintos gobiernos y signos ideológicos, que México ha tendido la mano al castrismo.

Decirlo claro evitaría la sensación de que se juega a dos bandas: auxiliar a la dictadura sin incomodar a Washington mientras se disfraza la decisión con perífrasis (rodeo verbal de algo que se pudo decir con menos palabras o una sola) burocráticas.

Otro ejemplo revelador es el del ex atleta canadiense que Estados Unidos equipara con El Chapo Guzmán y Pablo Escobar:

La Presidenta le dio crédito a un burdo montaje de fotografía para sostener que el sujeto “se entregó” en la embajada estadunidense (y el jefe de la misión, Ronald Johnson, secundó la mentira), cuando el propio director de la Oficina Federal de Investigaciones (que estaba en México) aseguró que la captura fue resultado de un operativo conjunto de las corporaciones mexicanas de seguridad y los agentes del FBI que participaron en el secuestro de Maduro.

¿Ajá? Pues que no fue así, que no se permite la actuación de agencias extranjeras aquí, porque México es “soberano”.

Pero a ver: si existe “cooperación y colaboración” de los dos gobiernos en materia de seguridad ––lo cual fue ratificado y celebrado por Sheinbaum y Trump en la llamada de ayer––, ¿cuál es el problema en admitirlo? ¿Por qué no aceptar que hubo una operación conjunta, con base en los acuerdos entre los dos países?

Los tumbos presidenciales no son jurídicos, sino político-ideológicos.

En el frente cubano se intenta no irritar a Trump y en el mexicano se quiere contener la furia de los más extremistas del lopezobradorismo, siempre muy prestos a ver “intervencionismo extranjero” hasta en McDonald’s.

La de Sheinbaum no es firmeza “soberana”, sino una diplomacia que camina de puntitas…