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Me surgen dos ocurrencias sobre las inéditas protestas en Cuba contra el gobierno de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. Una se refiere a lo que sería el punto de no retorno para el régimen: punto aún lejano, incluso si las protestas siguen y se extienden. Otra versa sobre los castrófilos en México y en el resto de América Latina, a propósito del llamado bloqueo.

La dictadura cubana cuenta en principio con varios círculos concéntricos de represión o de control de multitudes. El primero, el más eficaz y que se ha utilizado con mayor frecuencia a lo largo de los últimos veinte años, ha sido el de los contramanifestantes, o grupos civiles entrenados, no armados, que llegan donde hay manifestantes, los encapsulan sin un exceso de violencia, desplazándolos hacia centros de detención. Son el instrumento empleado contra las Damas de blanco todos estos años, y el primer recurso utilizado el día de ayer. Son parte de las fuerzas del Estado, pero en el límite con la sociedad misma: entre ellos hay gente que no se considera represora ni policía.

Luego vienen las llamadas brigadas de despliegue rápido. Éstas, ya profesionalizadas, suelen intervenir cuando la situación se complica: siguen vestidos de civil, pero van armados con bastones largos (como las Halcones); se trata de personas entrenadas, fornidas, de nuevo sin duda convencidas, pero ya parte del aparato represor del Estado. Se distinguen de la policía por el uniforme, por las armas, por la especificidad de sus tareas. La policía —tercer círculo—, ubicada en La Habana, se arremolina ante cualquier reunión contestataria, pero no se dedica exclusivamente a eso. Todos estos cuerpos son temidos por los disidentes y manifestantes; no son benignos ni mansos, pero no hay registro de que dispararan contra manifestantes desde el maleconazo de agosto de 1994 para acá. Todos estas capas existen con un solo propósito: poder evitar el uso del ejército.

Se trata del MINFAR, es decir, los militares. Lleva muchos años sin combatir ni reprimir abiertamente, por lo menos que se sepa. Es un ejército que tiene fama de ser cohesivo, bien entrenado y apertrechado, ideologizado aunque ya no como antes, conformado por parte de la élite del país en cuanto a sus oficiales pero de origen popular en cuanto a su tropa, incluso las tropas especiales. Este es el corazón del régimen: manejan las empresas, la seguridad, las importaciones, las costas, casi todo lo que sirve en Cuba (que no es mucho).

La disyuntiva del diablo para el régimen es sencilla, por lo menos desde que Fidel se paró en el Malecón hace 17 años y pudo dispersar con el verbo y sin violencia inmediata a la multitud allí reunida. Si algún día las FAR se ven obligadas a escoger entre dispararle a la gente o pasarse del lado de la gente, es probable que haya sonado la hora final del régimen. Disparar acaba con cualquier vestigio revolucionario; cambiar de bando provoca la caída. No estamos allí, pero si a alguien le interesa saber qué sucede en Cuba, ese es el camino a seguir. Mientras no salga el ejército a las calles; mientras salga pero no se vea rodeado o rebasado por los manifestantes; mientras tenga otra salida, la protesta no pasará a mayores. El día que no les quede más que disparar o desarmarse, todo terminó.

En cuanto al bloqueo, que de nueva cuenta saca la dictadura como explicación y causa del desastre cubano, y que denuncian también sus tontos útiles en México, conviene mencionar algunos hechos. Hay bloqueo desde 1961; sólo se han producido manifestaciones de descontento abiertas y significativas en tres o cuatro ocasiones: ayer, en 1994, y el Mariel de 1980. Cuando existía el subsidio soviético o venezolano, la economía cubana funcionó (mal desde luego) con todo y bloqueo.

El bloqueo de Reagan, Bush y Trump resulta muy distinto al de Carter, Clinton y sobre todo de Obama. Este último fue altamente poroso: llegaban cruceros, vuelos, remesas, turistas, envíos masivos desde Miami, inversiones directas o trianguladas, tecnología y demás. Cuba dependió como nunca de Miami, y lo aprovechó como nunca, con todo y bloqueo.

Culpar al bloqueo de la espantosa situación que padece hoy la población cubana es pura demagogia. No hay comida, ni medicinas, ni luz ni gasolina porque la isla no exporta ya nada y por tanto no tiene divisas; no produce nada y por tanto no consume. Si mañana la Virgen de Guadalupe levantara el bloqueo, Cuba seguiría igual: la isla es un páramo económico completo.

Las cifras, además, son elocuentes. En 2020, el país de donde Cuba importó más alimentos fue Brasil: 158 millones de dólares. El segundo fue… el “bloqueador”: Estados Unidos, con 157 millones, es decir, lo mismo. Cuba importó 64 millones de dólares de trigo de Francia. El gran aliado argentino, país exportador de productos agrícolas por excelencia: 22 millones. Ciertamente es complicado comprarle a Estados Unidos: los alimentos y las medicinas en muchos casos están exentos del embargo, como lo llaman los norteamericanos, pero existen mil restricciones, no hay crédito ni transporte sencillo, y puede haber represalias. Pero de que de allí comen los cubanos lo poco que comen, ni duda.

La protesta estalló en Cuba por muchas razones; de seguir, habrá tiempo para analizarlas. Baste decir que no es útil inventarse el cuento del imperialismo conspirador o del bloqueo asesino: la gente se hartó y explotó, aunque sólo fuera por un día. Cualquiera lo haría, en esas condiciones, que no se vivían en Cuba desde el Período especial. Y estaba Fidel.

*Texto publicado en la revista Nexos

*Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente