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Sabedor que la Consulta Popular del domingo pasado no iba a lograr el 40% del padrón que exige el Artículo 35 de la Constitución para que el resultado fuera vinculante, me presente a votar. Vinculante es un adjetivo que el Diccionario de la Lengua Española define: “Que vincula, sujeta a una obligación”. El calificativo se deriva del verbo vincular que en su cuarta acepción significa: “Sujetar a una obligación”. Esto es, si el resultado de la consulta hubiera superado el 39% del padrón de ciudadanas y ciudadanos, el resultado de la consulta tendría que ser obedecido de manera obligatoria por los tres poderes de la Unión y por todos los habitantes de la República. (Este dato lingüístico lo comparto con los lectores ya que considero que habrá más de uno que, como yo antes de averiguarlo, no sepa lo que significa el término vinculatorio en relación con cuestiones jurídicas y electorales. Tan fácil que hubiera sido usar la expresión latina ad ovo).

Bueno, regreso al momento en que pese a saber que perderíamos los del Sí —sólo logramos captar un poco más del 7%—, salí a votar. Pensé que me tocaría sufragar donde siempre, en la Guardería del Multifamiliar Miguel Alemán. Fui, entré, caminé entre los edificios y, para mi sorpresa, el lugar estaba cerrado. Regresé a la calle. Esperé y pasó un transeúnte. Iba a preguntarle y no me dejó acercarme ni a la sana distancia. Antes de que le dijera nada, me dijo que no le interesaba, que llevaba prisa. Tal vez pensó que era yo testigo de Jehová. Al poco rato pasó una señora, le pregunté: Señora, ¿usted sabe donde es la consulta? Pues aquí adelante —me dijo amablemente— hay una farmacia del doctor Simi pero creo que los domingos no abren el consultorio. Otra dama que iba saliendo del Multifamiliar me preguntó: ¿viene usted a votar? Sí —le digo— siempre he votado en la Guardería pero esta vez está cerrada. Igualito me pasó a mí —me dijo la mujer— pero yo encontré donde votar. Mire —me instruyó— entre a la unidad y camine hasta topar con pared, ahí agarre el pasillo de la derecha y adelante de donde venden caldos de pollo, ahí es. Le di las gracias y seguí al pie de la letra sus instrucciones. Justamente en un local junto a los caldos se había instalado la mesa.

Saqué mi credencial de elector, se la enseñé al joven encargado de recibir a los votantes, la cotejó y me dijo con desparpajo: Le tengo dos noticias una buena y una mala: Aquí no le toca votar. Bueno, esa es la mala, ¿y la buena? La buena es que le toca en Gabriel Mancera y va a caminar más y hacer ejercicio. Juar, juar, juar. ¿Gabriel Mancera? ¿A qué altura? (Pensé si me dice que a la altura de las circunstancias, le suelto un madrazo). Esquina con Parroquia, en la Escuela México Norteamericana.

El lugar no está lejos así que caminé, durante el trayecto pensé que el Instituto Nacional Electoral (INE) había revivido una de nuestras más valiosas tradiciones comiciales: El Ratón Loco –le faltó un sexenio para ser declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco—.

Al fin llegué a mi destino, me recibieron amablemente. Entré a la casilla, leí la pregunta por enésima ocasión y, como la primera vez, no entendí ni madres. Voté Sí.

Al salir llegaba un matrimonio al que por lo visto le sucedió lo mismo que a mí. El señor le comentó a su pareja: Eso lo hacen para desalentar el voto. Pasaba por ahí un hombre sin cubrebocas, con cara de empate a cero, que dijo: ¡Es una farsa!

Sin considerarla una farsa, pienso que fue una consulta sutilmente obstaculizada al cambiar la pregunta original por un galimatías y al no promoverla ni publicitarla como manda el marketing.