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Hay muchos críticos del Presidente que elogian los talentos del mandatario cuando hace justamente lo que le critican, lo que no les gusta, lo que rechazan en él.

Hay algo raro en eso. Es como decir de un futbolista que tiene mucho talento para patear a sus rivales y elogiar esa trapacería.

Cierta especialidad involuntaria de algunos críticos es decir que el Presidente tiene todo fríamente calculado para imponer su voluntad, que es un estratega visionario, que lo ha previsto todo y lo ganará todo, a diferencia de sus opositores, quienes sólo bailan al son que les toca el mandatario.

Esta es una tonada frecuente en los críticos. Repito: en los críticos.

Dicen que el Presidente viola la ley, polariza, manipula, es un costal de mañas, arbitrariedades y mentiras, pero, al mismo tiempo, es un genio de la comunicación que tiene al país hipnotizado con su narrativa.

La narrativa, sigue la crítica, es un cuento falso, abusivo en su agresividad y en sus mentiras, pero el Presidente es un genio imponiéndola. Terminan conviviendo, en el mismo punto de vista, la crítica del cuento falso y el elogio del cuentista falsario. No hay cómo salirse del entuerto, porque el entuerto es de una perversa genialidad.

Así es como críticos del Presidente a menudo elogian lo que repudian, vuelven al personaje que critican una especie de fatalidad lamentable pero políticamente meritoria, aunque se imponga con mentiras y malas artes, o precisamente por ello.

Hace unas semanas era lugar común entre críticos del Presidente aceptar y repetir que el arroz de la sucesión ya estaba cocido, que Morena ganaría con facilidad las elecciones de 2024.

Era un arroz incomible para los críticos, pero ellos eran los primeros en tragárselo por adelantado, como para darle a sus críticas un toque de objetividad.

La contraparte de este elogio a la torcida eficacia presidencial es hablar de la oposición como un fantasma, el cual, además, se dividirá y se colapsará en cuanto pueda.

Creo que los críticos le harían bien a la discusión pública dejando de elogiar las malas artes del Presidente, y dejando también de entregarse anticipadamente a su dominio mental.