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Primero un estruendoso trueno en la madrugada del lunes que despertó a varios capitalinos con un susto como de película.

Un salto de la cama, casi seis de la mañana, para dónde correr, fue el cielo, fue la tierra, es el fin del mundo, decenas de preguntas por la mente y después pasó.

Día siguiente, por suerte más tarde pero aún de mañana, la alarma sísmica se activó, los celulares lanzaron el sonido de que se avecinaba un temblor, sin saber la intensidad, ni la duración, pero venía.

Llegó el movimiento que a todos aterra, y sobre todo para quienes vivieron el último sismo de hace casi tres años, porque se activan los recuerdos de los edificios caídos, de los muebles rotos y de la incertidumbre.

El buen Cristopher, fotoperiodista de quien ya he hablado algunas veces en este espacio, salió corriendo de su departamento, pero con cámara en mano y el ojo bien puesto en lo que sucedería a su alrededor.

Al final, creo que allí se diferencia un fotoperiodista de otro, el que busca la oportunidad en cualquier situación y quien se ciega para ver únicamente lo que le pasa a él.

Claro, el factor humano siempre cuenta, puesto que la salida de casa puede ser sumamente brusca al escuchar la alarma sísmica y dejar el celular y la cámara allí adentro, pero también creo que el instinto nunca descansa.

Este es un ejemplo de ello, y de seis fotos que publicó hubo dos imágenes que la composición y los personajes allí, hicieron unas grandes imágenes.

El famoso instante decisivo, siempre. Las personas, el lugar y el momento deben de estar alineadas para que la fotografía sea llamativa para cualquiera y sobre todo para que arroje información suficiente de lo que sucedió alrededor y lo que causó en los personajes allí en cuestión.

Es decir, si uno fotografía a gente que salió de sus casas por un temblor, debe de haber elementos que lo contextualice y que no parezca que la foto fue tomada en cualquier día y cualquier momento.

Eso se resuelve muy bien aquí, las pijamas de todos, incluso hasta sus pies descalzos en donde la prisa y el susto, los hizo olvidar el calzado e incluso con los niños, pues los padres seguramente solo los cargaron y salieron del lugar.

El rostro de la niña con la pijama de rayas abrazando a su hermano y a su mamá; el rostro del señor acomodándose el cabello desaliñado mientras carga a su hijo. Sus miradas también expresan miedo y sorpresa.

La señora de lado derecho, la única ya vestida porque por el fondo supongo que es la encargada de preparar antojitos para vender.

Todos afuera, con el piso sucio, con pijamas, con ropa, en fachas. Eso provoca las alarmas sísmicas, después de haber vivido un montón de sismos pequeños y grandes, breves y largos. Una ciudad que ha acostumbrado a sus habitantes a estar alertas, a salir a la primera de sus departamentos, casas o negocios.

Todos con la misma pregunta ¿y ahora qué? en sus cabezas.

Los temblores no eligen, solo suceden.

Entonces los fotoperiodistas que viven en una ciudad así, saben que siempre tendrán la oportunidad de buscar una buen foto, una que reúna todo y la haga decisiva, pero todo será cuestión de estar atentos a salir con lo indispensable: la cámara.