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La silenciosa e insobornable realidad, vestida con la capa de la contundencia,  siempre llega para imponer sus reglas, dictar sus órdenes y hacer cumplir sus disposiciones  a la vida y a la política electorera permanente, cuya cerviz termina por doblarse ante las evidencias.

Contra la manipulación grosera y a veces grotesca de la información sobre la pandemia; por fin el gobierno rejego, autocomplaciente, dispuesto toda la vida a decirse sí a sí mismo, con la sonora afirmación de sentirse no solo invulnerable, sino infalible, perfecto y oportuno en el arte del engaño, se da cuenta de cómo al fin su discurso sobre los inexistentes triunfos en la preservación de la salud colectiva, se cae a pedazos como la piel de un leproso y con el disimulo de quien  termina por aceptar las contras de su dogma, enciende de nuevo el semáforo colorado, con lo cual acepta lo infructuoso de su estrategia de tantos meses.

¡Vaya petardo!,  dirían los viejos taurinos.

El semáforo, cuya coloración  –dijo el falsario vocero, Hugo López Gatinflas— resultaba intrascendente cuando extremo de advertencia estiraba toda las tonalidades del naranja, sigue intrascendente, pues, pero ahora –además–, es rojo como la grana.

La falsa y jactanciosa declaración de abril de este año, sobre cómo aplanamos la curva y domamos la pandemia (recordemos  la mano en movimiento horizontal en el video de autopromoción presidencial), se viene abajo con el estrépito de ciento cincuenta mil cadáveres.

De ese tamaño ha sido la engañifa, la madre de todas las mentiras en un país acostumbrado a la mendacidad politiquera, tan falsa como el simulacro para repartir inexistentes vacunas, maniobra de fotografía en primera plana y video en todos los teléfonos celulares habidos y por haber, para exhibir la nada, el vacío, la paloma sin alas, sin pico y sin cabeza, cuyo aleteo nada más existe en la imaginación de quienes oponen propaganda contra enfermedad.

–No se han saturado los hospitales, decía y repetía en son de batalla ganada el discurso machacón, y sin embargo regresamos  al encierro generalizado, porque no hay en ninguna parte una cama para alojar a los contagiados y cuando se tiene espacio no hay respiradores, porque más allá de la autopromoción  del comprador universal, Don Marcelo Ebrard, no se cuenta con el número suficiente de ventiladores pulmonares para las dimensiones de este contagio masivo.

Ni en la medicina pública ni en la privada.

Y en los hospitales particulares –si se llega a encontrar algo disponible–, es necesario el depósito de quinientos, seiscientos mil o más miles de pesos, por encima de la relativa protección de los seguros de gastos médicos, tan socorridos y a la larga tan inoperantes.

Pero el discurso feliz no se detiene nunca. Es como aquel título de Miguel Hernández, es “el rayo que no cesa”.

Una entusiasta defensora de la Cuarta Transformación tiraba el cordón de su campana jubilosa: ¿por qué no hablan de los recuperados, en lugar de los fenecidos?

Por la misma razón por la cual no se habla de los inmunes, porque ellos no son la evidencia de un problema de insuficiencia hospitalaria, de sanatorios donde quien sana lo hace porque sus familiares le llevan sus propios recursos clínicos, sus paquetes de atención, sus medicinas, porque en el sector sanitario desmantelado y acusado por pretéritas omisiones, desviaciones o rapiñas, ya hay una atención como en Dinamarca, pues.

No se habla de los recuperados, de la misma forma como en un partido de futbol –y perdón por el pedestre símil–,  se cuentan los goles en contra; no las ocasiones  cuando el portero impidió con sus manos las pésimas intenciones del balón. El juego se gana o se pierde por las anotaciones del contrario, no por las veces como la destreza defensiva frustró al adversario.

Así es con la pandemia o con la guerra; se cuentan las bajas, los muertos, los heridos, no aquellos cuya suerte los hizo regresar del frente solo con la medalla del honor y el recuerdo del horror.

Pero en el fondo–dentro de su ridículo patetismo y su abrumadora ineptitud— estos nuevos administradores de la nación son divertidos y hasta jocosos. Merecen el reconocimiento constante por su aportación universal al humorismo involuntario.

Uno no puede sino sonreír con cierta condescendencia ante las fotografías de la prensa de ayer. Son todas ellas monumentos surrealistas: los soldados simulan, las aduaneras simulan; los periodistas simulan, los paquetes vacíos simulan estar llenos.

En las primeras planas de la prensa urbana, aparecen los motociclistas militares (tienen vehículos como para entregar Pizzas a domicilio); formales, investidos de la importancia del verde olivo, escoltando un amarillo transporte de la empresa alemana de paquetería DHL ( Dalsey, Hillblom y Lynn) en la cual viajan las vacunas imaginarias, para un ensayo de imaginarias aplicaciones, en beneficio de la imaginaria salud de los soldados apostados en el Colegio Militar:

Estos dos pies informativos en sendos diarios de esta ciudad, nos llevan a hablar con el doctor André Breton, porque como todos sabemos, el padre del surrealismo fue camillero en el frente de Verdun, meses antes de la batalla del Mosa. Como Nietzsche,  quien sirvió, también como camillero, en el sitio de Metz. Pero dejemos esos inútiles aunque eruditos datos del almanaque.

Dice “El sol de México”:

“…La Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) llevó a cabo el simulacro de traslado de las vacunas contra Covid-19, en un operativo que involucró tanto a elementos castrenses como a trabajadores de aeropuertos, de la Secretaría de Salud, de laboratorios privados y de personal de una empresa de paquetería…”

Y “La jornada”:

“En tres horas, personal de las secretarías de la Defensa Nacional, Marina y de Salud realizó ayer el primer ensayo de inmunización contra el covid-19. A las 10 de la mañana salió del aeropuerto de la capital del país un convoy de dos camionetas del Ejército que resguardaba un vehículo de paquetería, rumbo al colegio militar ubicado en Tlalpan, donde se ensayó cómo se aplicará la vacuna de Pfizer y BioNtech (aún no llega al país), lo que se logró hacer en los tres minutos establecidos como meta para cada una, dio a conocer Miriam Veras, directora del centro Nacional para la Salud de la infancia y la Adolescencia”. 

 Pues la broma se escribe sola: lo único de “a deveras”, es el apellido de la Directora del Centro Nacional para la Salud de la Infancia y Adolescencia la señorita “Veras” (como si no pudiera decir menores de edad), quien nos da a conocer un simulacro, que no es “de a de veras”.  Y además lo informa con la trascendente solemnidad quien esta salvando a la patria atribulada y merece un monumento patricio.

Lo así hecho es un placebo, un orgasmo fingido; la boda en una kermesse, el karaoke apagado, el “play back” del mudo; un noble sin pergaminos, una carta de amor sin novia, la hostia sin consagrar, una función de cine para ciegos, un peine para los calvos, un condón para el eunuco,  el round de sombra sin sombra.

Hace años un poetastro de cuyo nombre no quiero acordarme, hizo algo más o menos parecido. Inspirado por la moda escribió un emocionado poema llamado con toda originalidad, “La sangre de Tlatelolco.

–¿Tu estuviste ahí?, le pregunté.

–No, pero es un tema generacional, necesario en toda antología, me dijo.

Después me contó su íntima conmoción por el poema de Sabines a la muerte de su padre.

–Yo también estoy haciendo un largo poema a la muerte de mi padre, relató.

–Pero tu padre no se ha muerto…

–No pero para cuando se muera ya lo llevo adelantado…

El simulacro en país donde todo es una simulación.