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En La gaviota, Sándor Marai escribe que el hombre sólo es capaz de amar al despedirse de la juventud y reina un orden en su vida. Entonces se consolida todo lo que hasta entonces parecía flotar.
“Has llegado en el momento como el que acabo de explicarte y por eso te he acogido y conocido, según reza la Biblia. Has llegado en el momento oportuno, cuando la juventud acaba de partir”, explica el narrador, de 55 años, a una mujer de 28.
Es un monólogo interrumpido algunas veces por la joven, una finlandesa con nombre de ensueño: Aino Laine, que significa Única Ola.
El protagonista vive en la placidez burguesa que se negaba a perecer, aunque habían transcurrido dos décadas de la caída del imperio austrohúngaro. Había amado una vez. Y ya veía el amor como un caso cerrado.
Cree en Platón, cuando Céfalo relata un encuentro con Sófocles: “Hace ya tiempo que me libré del amor con la mayor satisfacción, como quien se libera de un amo feroz y brutal”. Pero la llegada de Única Ola reinstala en su vida la “locura cruel” del amor.
Y piensa en que hay tres hechos que el libre albedrío de los hombres no puede cambiar: son el nacimiento, la muerte y el amor: “Estos tres hechos son más poderosos que cualquier fuerza y voluntad humanas”.
Lo explica:
“Hay parejas, dos personas arrastradas en el espacio una hacia la otra por una única ola, que no pueden evitar encontrarse, no son capaces de escapar la una de la otra, ni yendo al norte o al oeste, y tampoco a la India o la tumba. Deben regresar en el espacio y en el tiempo para reunirse”.
La gaviota da razón al poeta que cree que el amor asalta como ladrón en plena calle; y al bolerista que sabe que ella volverá cuando amanezca, aun cuando los demás ya se hayan ido. Y a San Pablo, cuando escribe que el afán sensual es el único deseo desordenado que el hombre no puede aplazar.
Me gusta más su filón del amor tardío, el gran tema que marcó a Goethe a sus 74 años, al no ser correspondido por la señorita Levetzow, de 19:
“El amor es una cuestión de tiempo: llega demasiado pronto o demasiado tarde”.
Karmelo C. Iribarren tiene un poema sobre esto: “Qué rara suena a estas edades la palabra amor. La dices, y no sabes si te engañas a ti mismo, o a ella, o él a los dos”.
Pero el viejo Goethe no se da por vencido con el rechazo de la joven Levetzow:
“El amor es la única cosa que crece cuando se reparte, y aunque llegue tarde, siempre trae consigo su propia recompensa”.