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Quien quiera darse un paseo por el desmantelamiento del Estado de estos años y sus consecuencias prácticas, debe visitar los ensayos que han dedicado a ese tema María Amparo Casar, Guillermo Cejudo, Sergio López Ayllón, Samantha Ortiz y Leonardo Núñez, en el número de octubre de Nexos.

Quedan claras ahí muchas cosas, pero quizá las engloba a todas el hecho de que teníamos un gobierno malo, pero tenemos ahora uno peor.

La política devoró la administración, del mismo modo que el discurso del Presidente devoró al gobierno. El Presidente le impuso su discurso de austeridad y recortes al Estado, pero la administración pública resultante no pudo ejecutar lo que el Presidente prometió.

La llamada Cuarta Transformación estuvo presente en el discurso más que en la realidad.

Un asunto que parecerá una minucia al gran discurso es lo que los autores llaman la “desprofesionalización de la administración pública”.

Esto quiere decir que en sólo tres años fue cesada la mitad de los mandos medios y superiores de la administración pública. Eran 15% del total de la burocracia federal en 2018 y 8% en 2021.

Fue desmantelada una franja fundamental de mando y operación de la burocracia, la franja equivalente a la oficialidad en un ejército.

El efecto de esa pérdida es doble: la ya mencionada desprofesionalización de la burocracia y el consiguiente empobrecimiento de su calidad.

La pérdida de talento ha sido enorme. La carga de trabajo y de responsabilidad para los mandos sobrevivientes no augura mejores sino peores cosas.

En 2018, dice Guillermo Cejudo, cada uno de los mandos medios y superiores del gobierno federal tenía bajo su supervisión a seis burócratas de menor nivel. Hoy deben supervisar y dirigir a 11 cada uno.

Es decir, que la carga de trabajo se duplicó y, con ella, el “tramo de control”, la posibilidad real de supervisar y coordinar a la gente.

Se dirá que los mandos medios y superiores desaparecidos eran la burocracia dorada y corrupta, que su salida trajo ahorros sustantivos y la capacidad de hacer más con menos.

No. Los números muestran que la austeridad fue un mito, que no hubo ahorro ni en dinero ni en cantidad de gente. Sólo hubo ahorro en eficiencia.