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En su imperiosa fabricación de un México dual, donde no hay sino “oligarquía” y “pueblo”, el jefe de la llamada 4T ha ido limpiando su campo de muchos aliados que votaron por él en 2018.

A fuerza de radicalizar su discurso, ha enajenado la simpatía de amplios sectores. El más reciente: lo que pueda significar la figura de Cuauhtémoc Cárdenas. 

Pero la lista es larga.

Para empezar, todo lo que tenga que ver con los “aspiracionistas” de la clase media y con el enorme universo de mujeres cuyas causas sustantivas el gobierno no entiende o no atiende. 

Hay razones para pensar que el gobierno ha comprimido las simpatías del sector salud, tanto por el lado del personal de los servicios médicos, que ha desfinanciado, como por el lado de los pacientes, a quienes ha reducido protección y medicinas.

La llamada 4T se ha separado de la cultura, de la academia, de la ciencia, de los universitarios, en particular de la UNAM, de la Universidad de Guadalajara y, por la vía presupuestal, de muchas otras.

El gobierno es todo menos popular entre los colegios y las asociaciones de profesionistas. Exhibe una alarmante indiferencia por las muertes y los atentados del gremio periodístico.  

Se ha ganado la crítica de la Iglesia católica, cuya descripción de la “tristeza”  y la “desolación” que perciben en su grey, particularmente en la más pobre, fue descrita hace poco, elocuentemente, por los obispos del país.

Qué decir del maltrato a jueces, magistrados y ministros de la Corte, descalificados rutinariamente desde Palacio, y del desafío a los millones de ciudadanos que aprueban al INE cuando ven al gobierno echarse sobre él.

La violencia mexicana es materia de escándalo en todas partes, y crecen dentro del país el miedo y los ejércitos de buscadores y deudos de víctimas.

Con sus programas sociales el gobierno ha tirado puentes de simpatía y adhesión hacia millones de mexicanos. De eso no hay duda.

Y puede ser que esas adhesiones, y las genuinas clientelas políticas de Morena, le alcancen para un triunfo electoral en 2024.

Pero puede ser también que, llegado el momento, los conductores de la llamada 4T extrañen en las urnas los aliados que han tirado y siguen tirando por el camino.