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La nueva/vieja clase política que gobierna México no sólo se quitó de encima las restricciones que le impedían ejercer el poder sin contrapesos, como escribí ayer en este espacio. También encontró la manera de evadir sus responsabilidades fundamentales de gobierno.

La mayor de ellas: combatir al crimen.

El gobierno de los “abrazos no balazos” renunció incluso al gesto de combatir al crimen, de dar resultados en la responsabilidad fundamental del Estado, que es la seguridad.

Peor: dio señales de cercanía con los mayores capos homicidas del país, y los volvió sus aliados electorales. Desvergonzadamente, en Sinaloa.

El apotegma “abrazos no balazos” fue el paraguas pacifista que abrió paso al sexenio de mayor complicidad gubernamental con el crimen organizado y su violencia.

Fue el sexenio de mayor impunidad criminal que recordamos. El sexenio que justificó con sus miserables resultados la invectiva del presidente Trump sobre México como un país gobernado por criminales.

López Obrador acabó siendo el jefe de las fuerzas armadas legales del país y también de las fuerzas armadas ilegales. El jefe del Ejército y el jefe del crimen.

La corrección del gobierno de Claudia Sheinbaum en este este ámbito ha traído a la luz un tsunami de complicidades del gobierno anterior con el crimen, con la corrupción y con las redes del huachicol fiscal, el control gangsteril de territorios, la pax narca y la extorsión generalizada.

La presidenta Sheinbaum habla de un año de reducción de homicidios. Pero no asume el alza en el número de desaparecidos, ni repara en que la violencia criminal es tan alta entre hombres jóvenes que el país puede estar viviendo un juvenicidio.

Pienso que sólo parte de la nueva/vieja clase política que gobierna México es cómplice directa del crimen. Pero toda ella acusa indiferencia ante las víctimas, igual ante asesinados que ante desaparecidos y extorsionados.

Hay que tener la cara muy dura para decir que el actual gobierno aplica la ley y tiene tolerancia cero a la corrupción y a la violencia.

No: es el gobierno heredero de una tolerancia al crimen sin igual en la historia reciente de México.

Es el gobierno heredero de los abrazos que matan.