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No sé si se deba a que hoy es Miércoles de Ceniza pero yo amanecí hecho polvo. Llevo ya un buen rato sentado frente a la computadora y no se me ocurre nada digno de ser escrito. O mejor dicho, se me ocurren muchas cosas dignas de ser escritas pero por un autor más prestigioso que éste que hoy se siente más inútil que un cenicero en una motocicleta.

Entre la imaginación de Miguel Ángel Yunes Linares para mentir y crear historias alrededor de sus mentiras y, lo más insólito, su desfachatez para sostenerlas; la expresión manifestada por el senador Miguel Barbosa Huerta, quien sin dejar al PRD, unió su fuerza al candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, de quien opinó que es el único mexicano digno de llegar a ser presidente de la República. (Y él el mejor poblano para gobernar su estado natal). La cesión, por parte de Felipe Calderón, a la Fundación Aquí Nadie se Rinde, de su pensión que recibe como expresidente —únicamente su sueldo, aproximadamente 0.56% de la cantidad que le cuesta al Estado por gastos varios, prerrogativas, precepciones, compensaciones y, remuneraciones y gastos del personal militar y administrativo a sus órdenes. (La súbita generosidad del michoacano algo tiene que ver con la intenciones conyugales de regresar a Los Pinos).

Entre estas tres notas de la política nacional y el show que produjo la primera comparecencia de Donald Trump como presidente de Estados Unidos en el Congreso de su país, escogí ésta para escribir un comentario.

Resulta que durante el discurso, de una hora de duración, que el hombre anaranjado —cada vez más pálido— con su copete de estropajo pronunció en el Congreso fue interrumpido por los aplausos de sus paleros en 92 ocasiones. Basta una simple operación aritmética para suponer que si cada interrupción —en promedio— duró 10 segundos, al magnate sus súbditos le aplaudieron 15 minutos 20 segundos. Es decir, su disertación duró escasos 45 minutos.

La presentación del opulento ejecutivo me hizo recordar cuando en México se hacían, los primeros de septiembre, el Día del Presidente, donde el Jefe del Ejecutivo era ovacionado desde que decía, “Honorable Congreso de la Unión” hasta el último “Viva México”. Así que aunque a Trump la interrupción por los aplausos le haya parecido una novedad, es un invento mexicano: tecnología de punta —una punta de cabrones aplaudiendo—.

Para comprender la euforia que la respuesta de sus partidarios causó en el magnate neoyorquino recurriré al libro con el título El Show de Trump, subtitulado: El vendedor de humo, escrito por Mark Singer, reportero de The New Yorker. La publicación surgió de un encargo de su editora Tina Brown, la cual ordenó al periodista realizar una amplia crónica sobre las actividades del poderoso capitalista para lo cual Singer, prácticamente, “vivió” durante varias semanas junto al potentado. Reticente al encargo al considerar la de Trump una personalidad refractaria a la suya, Singer se disciplinó y concluyó, con frescura y humor, el trabajo que posteriormente a su divulgación en la revista, cuando Trump aspiró a la candidatura del Partido republicano para ocupar la Presidencia de EU el periodista convirtió en un ilustrativo libro sobre la personalidad del hombre que gobierna a nuestro vecino del norte.

En el capítulo titulado “Madonna”, Singer narra lo siguiente: “Un sábado de invierno. Trump y yo nos dimos cita en la Trump Tower. Tras 10 minutos de espera, el conserje me condujo al penthouse (…) ‘Pensé que te gustaría ver mi departamento’ anunció (…) La sala con techos de nueve metros de altura, fuente y bóveda decorada con frescos neorrómanticos; el comedor de dos plantas, con su friso de marfil tallado (‘Sé que el marfil no es muy bien visto’ comentó), columnas de ónix con capiteles de mármol provenientes de ‘un castillo de Italia’; el candelabro que había colgado del techo de ‘un castillo de Austria’(…) Me dijo: ‘Este es el departamento más grandioso construido’ (…) Los ricos que piensan que han visto departamentos grandiosos, vienen y dicen: ‘Donald, olvídalo, éste es el mejor”.

En el capítulo “Créanme”, Singer escribió: “Al salir de un programa de televisión, Trump recibió una nota de Richard Nixon: ‘No vi el programa, pero la señora Nixon me dijo que usted estuvo sensacional. Como se podrá imaginar, ella es experta en política y pronostica que el día que usted decida postularse para la presidencia, ¡ganará!’ Gracias, Dick. (…) En los negocios, en la vida, había sido fiel a un solo constituyente. Y a un solo tema: Trump. Yo. Mírame”. (…) Hasta el 16 de junio del 2015, cuando descendió por las escaleras de la Trump Tower rodeado de actores pagados, con camisetas con el eslogan ‘¡Hacer que América vuelva a ser grande!’, y dio inicio a su valiente esfuerzo para convertir a la palabra mexicano en sinónimo de violador y traficante de drogas, jamás pensé que Trump se lanzaría al estrellato”.

Sería conveniente que alguien ilustrara la ignorancia del poderoso mandatario estadounidense y le explicara que los aplausos sin convicción que interrumpen sus discursos son producto del ingenio mexicano. Sí, don Donald, hace muchos años, los mexicanos, esos odiosos vecinos con los que quiere acabar, inauguraron el ritual el cual usted recientemente disfrutó. (Entre paréntesis algunos de los inventores y otros de los que disfrutaron de los aplausos sí fueron bad hombres).