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Un mundo al revés
Ministro presidente de la SCJN, Arturo Zaldivar Lelo de Larrea. Foto de Notimex

*Texto publicado en Milenio

Por Arturo Zaldívar.

No soy un hombre fácil es una película francesa de Netflix, dirigida por Éléonore Pourriat, que parte de un sencillo argumento: tras un golpe en la cabeza, Damien —arquetípico macho, mujeriego, sexista— despierta en una realidad alterna, en la que los roles de género se han intercambiado. Las mujeres dominan el mundo, visten de traje y conducen autos deportivos, mientras que los hombres cuidan
del hogar, tienen empleos de asistentes y son objetivados sexualmente.

En este mundo paralelo las convenciones de género se han conmutado. No se trata de imaginar cómo sería un mundo dominado por las mujeres, sino de invertir los roles de la vida real, lo que permite revelar y traer a la luz toda una serie de situaciones de la vida cotidiana, en las que los estereotipos de género se ven proyectados.

En el mundo en el que Damien se ve inmerso, los hombres encarnan los clichés femeninos: se dejan llevar por las emociones, tienen una predisposición al cuidado de los hijos y del hogar, y conforman su apariencia física a las expectativas de las mujeres. Éstas, en cambio, son condescendientes con sus parejas, ocultan sus emociones, y se conducen en general con un aire de autoridad y superioridad, a partir del cual se sienten libres para hacer avances sexuales y comentar abiertamente sobre la apariencia de los hombres. En suma, se dibuja un mundo en el que las mujeres pueden comportarse impunemente en forma sexista, en un entorno de aceptación social a la invisibilización y denigración de los hombres.

Se trata, pues, de una deconstrucción del sistema patriarcal, que nos enfrenta, a través de la visión de un hombre, a las flagrantes desigualdades de la sociedad moderna, en la que siguen siendo realidad las diferencias salariales, el inequitativo reparto de las responsabilidades domésticas, el acoso callejero y la violencia sexual. El número de mujeres al frente de las grandes empresas, en los consejos de administración, o en los paneles de expertos, sigue siendo desproporcional al de los hombres; y la violencia de la que son objeto en sus lugares de trabajo, en sus hogares, en la calle y en los sistemas de procuración de justicia e impartición de justicia sigue siendo alarmante.

Vivimos en una sociedad que dicta sus códigos de género hasta en los más mínimos detalles y en la que los estereotipos determinan prácticamente todas las interacciones entre hombres y mujeres, al grado de que se cuestiona aun la legitimidad de la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos y se pone en duda la necesidad de acordarles una posición distinta en el seno familiar, en la sociedad y en la política.

Así, este ejercicio de inversión de roles invita a la toma de conciencia sobre el sexismo ordinario y cotidiano, y permite reflexionar más ampliamente acerca de la necesidad de replantear el rol de las mujeres en la sociedad y de cuestionar los estereotipos sobre los cuales descansa la construcción social. Fenómenos como la doble jornada laboral, los techos de cristal, o las brechas salariales derivan de los sesgos y prejuicios de los que partimos en todas nuestras interacciones. Los estereotipos femeninos y masculinos se definen recíprocamente; se alimentan, se reproducen y se perpetúan en una manera que es el terreno fértil para la violencia de género.

Por ello, bien haríamos todos en hacer este ejercicio de cambio de perspectiva; particularmente quienes tenemos en nuestras manos aplicar las leyes y normas que recogen estos patrones sociales bajo un velo de aparente neutralidad, porque sólo viendo las cosas desde otro punto de vista es posible cuestionar las inercias y corregir las injusticias.

Va siendo tiempo de ver con claridad esta realidad tóxica, de dimensionar las implicaciones de la cultura patriarcal, y de advertir la necesidad de un cambio. Es hora de que hombres y mujeres construyamos nuestras relaciones sobre la base de nuestra individualidad, en forma plural e incluyente, libres de desarrollar libremente nuestra personalidad, sin más límites ni imposiciones que los derechos de los demás.