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Morir de placer
Foto de Ana Paula Cámara

Ser forense en la ciudad de las bajas pasiones es garantía de tener una dosis de adrenalina continua, es saber que nunca tendrás un día sin que las emociones se sientan de la manera más intensa, es tener la certeza de que tu capacidad de asombro se verá rebasada una y otra vez.

Era un turno de fin de semana, había que cubrir a quienes habían salido a unas merecidas vacaciones, sábado por la noche, la ciudad se viste de luces y el laboratorio forense se prepara para cuando las lámparas estallen y el caos se desate, siempre en alerta.

Los equipos han repuesto los suministros que se habían terminado, las camionetas en perfectas condiciones, los Matras al igual que los celulares, con batería.

Habíamos procurado comer. Las botellas con agua para mantener la mente clara estaban frescas, dulces no nos pueden faltar, por aquello de los bajones de glucosa al tener turnos de trabajo tan extensos e intensos.

Nos aprendimos a preparar para recolectar las esquirlas de una guerra no pedida.

Íbamos camino a una escena de crimen, no podría decir que sorprendidos pero el sitio que nos tocaría cubrir nos había sacado de los estándares que tenemos respecto del tipo de crímenes que suceden aquí.

Una chica había reportado en la línea de emergencia a un masculino que no presentaba ningún signo vital, ella estaba en crisis.

Había solicitado la presencia de los servicios de emergencia, requería a los paramédicos; minutos después ya estaban en el lugar, intentando la reanimación, realizaron todas las maniobras posibles sin obtener un resultado positivo, se le había escapado la vida y por eso fuimos requeridos.

La ubicación era un motel que se encontraba situado en una avenida, ni tan transitada ni tan abandonada, ofrecía discreción y se anunciaba con neones.

Al llegar, el encargado del lugar nos solicitaba que fuéramos lo más discretos posibles en el procesamiento, que se apagaran las luces y estribos de la camioneta, que no hiciéramos ruido y nos retiráramos de inmediato.

No quería que perturbarámos a los clientes contiguos a la habitación 71 ni crear una mala reputación del lugar; por seguridad, no podemos apagar las luces y no lo haríamos solo por una solicitud sin fundamento.

Al ingresar a la habitación, nos encontramos con la televisión encendida en un canal de los llamados “para adultos”, prendas de vestir esparcidas por toda la alfombra, un jacuzzi que al parecer fue utilizado por los inquilinos.

Estaba lleno de agua turbia, toallas humedecidas esparcidas en la circunferencia; en la mesa de noche había el empaque abierto de tres preservativos, aún había dos intactos, una caja de un medicamento diseñado para afecciones cardíacas y que comúnmente es utilizado para la disfunción eréctil.

Sobre la cama estaba el masculino de entre 50 y 55 años desnudo, empezaba a presentar rigor mortis en las articulaciones, la temperatura corporal aún no alcanzaba la ambiental, lo que nos indica que no habían pasado ni dos horas del fallecimiento.

Afuera de la habitación una chica de entre 18 y 22 años daba información a los agentes investigadores; su pareja sentimental había fallecido durante el coito.

Algunos alcanzan le petite mort de manera poco romántica.