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La economía y la sociedad, por Alfonso Pérez Daza
Coronavirus en la Ciudad de México. Foto de EFE/Jorge Núñez.

Por Alfonso Pérez Daza, académico de la UNAM

Texto publicado originalmente en El Universal

Me parece indiscutible que existe una relación entre el fenómeno de la violencia y los altos niveles de desempleo. La intención no es identificar a la pobreza como causa única de los índices delictivos, pero sí llamar la atención sobre la importancia de que sociedades en desarrollo, como la nuestra, tengan un plan para atender a los sectores más desfavorecidos, ya que, sin apoyo, estos grupos poco pueden hacer para mejorar su situación.

El economista Joseph Stiglitz nos recuerda un ejemplo. En el sudeste de Asia, la región que ha experimentado el desarrollo más exitoso en décadas recientes, los gobiernos adoptaron un papel central. Reconocieron el valor de preservar la cohesión social y no dirigieron sus esfuerzos únicamente a proteger el capital humano sino a acrecentarlo. Con ello, lograron un rápido crecimiento económico y una marcada reducción de la pobreza. Desde luego no hay fórmulas mágicas; el asunto es más complejo que solo optar por una autorregulación de los mercados o mejorar los sistemas financieros. En nuestro caso: ¿cuál es el plan en México?

Ante la extraordinaria coyuntura internacional, me parece que si ya teníamos un plan económico habría que volverlo a replantear. Debemos aceptar que enfrentamos la “tormenta perfecta”; aún persiste la emergencia sanitaria que ha puesto en crisis a las mejores economías del mundo. En este contexto, el Primer Ministro británico, Boris Johnson, recientemente señaló que es inevitable una segunda ola de contagios por coronavirus. Por ello, se impusieron nuevamente medidas administrativas para restringir las reuniones sociales de más de seis personas, el cierre de bares y otras que, de no funcionar, es probable que vuelvan a cerrar la economía.

De igual manera, la semana pasada el presidente francés, Emmanuel Macron, anunció un toque de queda en París y otras áreas metropolitanas, debido al marcado incremento de los contagios por Covid-19 y a la alarmante saturación de la atención hospitalaria. Inicialmente, el cierre parcial de la economía duraría cuatro semanas, pero es probable su prolongación. Europa nos vuelve a adelantar, por desgracia, el camino que el resto del mundo podríamos seguir.

En Estados Unidos los casos positivos están aumentando, así las hospitalizaciones. Ante ello, el principal experto en enfermedades infecciosas de ese país, Anthony Fauci, ha dicho que la situación es preocupante a medida que se acerca el invierno. No obstante, el Presidente de EU, en pleno proceso electoral y con la intención de reelegirse, ha minimizado el resurgimiento de los contagios e, incluso, se ha manifestado en contra de las restricciones administrativas de los gobiernos locales para evitar su propagación. La apuesta ha sido no establecer más bloqueos económicos.

La situación es imprevisible, pero como sociedad debemos identificar los riesgos y aprender de los errores cometidos. A principios de este año, nadie imaginó el número de infectados y muertos que dejaría este virus. El impacto de haber cerrado las economías por el confinamiento parcial o total todavía hace imposible conocer con exactitud los daños que ocasionará a las sociedades en el corto y mediano plazo.

Por eso se torna necesario reflexionar cuál debe ser la ruta de la recuperación económica a partir de los escenarios más adversos. No se apela a tener un plan maestro de progreso, sino a la capacidad de adaptación e ingenio que requerimos. Como mexicanos somos testigos de una pandemia mundial, de la corrupción, del narcotráfico, del daño irreversible al medio ambiente y de conflictos políticos y sociales en diversas partes del país. Ante este escenario de profunda complejidad, no podemos responder con planteamientos únicos. Cualquiera que sea la propuesta, ésta no debe ser inamovible sino adaptable a escenarios de continua transformación. Pero, sobre todo, debe tener como eje rector la solidaridad, la inclusión social y el respeto irrestricto a los derechos humanos.