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Diecinueve cadáveres
Foto de Ana Paula Cámara

Era un lunes de octubre, cuando el clima empieza a ser amable, los días empiezan a ser más cortos y las noches más oscuras.

Las corporaciones  de todos los niveles nos encontrábamos en alerta roja, el crimen organizado se había encargado de abrir una oferta de trabajo para quienes quisieran cazar a cualquier elemento, a quienes se encontraran.

Los sueldos iban desde mil hasta 6 mil pesos, dependiendo el rango del uniformado y la cantidad de proyectiles utilizados, ese era el precio que tenia nuestra vida en el mercado criminal.

Mi compañero y yo habíamos revisado los insumos de la camioneta y estábamos preparados para acudir a cualquier evento que surgiera en las lastimadas calles de la ciudad de las bajas pasiones.

No contábamos con que dentro del penal de máxima seguridad estaba sucediendo un motín, donde dos pandillas rivales estaban peleando por el control del mismo y no permitían siquiera el acceso de las unidades de emergencia para atender a los heridos.

En un instante sonó el Matra y nos puso en alerta, debíamos junto a otros binomios de peritos acercarnos a la cárcel, pues las víctimas mortales habían superado la docena.

Nos acercamos y el centro penitenciario seguía tomado por las pandillas, la autoridad había sido rebasada por completo, custodios y administrativos tomados como rehenes, eran el cheque que tenían para garantizar que no se tomaran acciones más fuertes.

Mis niveles de adrenalina y cortisol estaban elevados, mi respiración se empezaba a agitar, sabía que al momento que nos dieran el acceso a procesar esa escena, nuestra seguridad no estaría garantizada, eso era una sucursal del infierno.

Llamé a casa y le dije a mi mamá que iba camino al cine, algunas personas merecen dormir plácidamente. Al final, entre seis peritos procesamos una escena de crimen con 19 cadáveres.