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Entre la incertidumbre y el ‘déjà vu’, la frontera de EE.UU. espera la llegada de Trump
Albergue migrante en McAllen, Texas. Foto de EFE/ James Rodríguez

Hace casi una década, tras las elecciones de 2016 en EE.UU., Ilse Hernández se fue a dormir esperando que los resultados que apuntaban a la victoria de Donald Trump no fueran definitivos. Ahora, con años de activismo y ante la posibilidad de que el republicano regrese a la Casa Blanca, siente que el ciclo se repite.

“No estoy sorprendida, pero sí un poco exhausta y desesperanzada de tantos ataques a nuestra comunidad”, señala Hernández, beneficiaria del programa DACA, que otorga estatus legal a migrantes llevados a EE.UU. cuando eran menores y que Trump (2017-2021) ha prometido eliminar.

El presidente electo ha anunciado su intención de llevar a cabo la mayor operación de deportaciones en la historia del país, así como reducir drásticamente la entrada de migrantes y solicitantes de asilo.

Texas, con un gobierno alineado con Trump, está en el centro de esta transformación migratoria. Es el segundo estado con mayor población indocumentada (1.6 millones de personas, solo superado por California) y abarca casi dos tercios de la frontera entre EE.UU. y México.

El recuerdo del legado de su primer gobierno, en donde se obligaba a los solicitantes de asilo a esperar en México a que sus casos fueran procesados y se separó a padres y madres de sus hijos en los centros de detención para disuadir la migración, aún está presente.

Activistas y organizaciones en Texas y el norte de México se preparan para enfrentar dos grandes desafíos: la expulsión de personas indocumentadas ya integradas en la comunidad y las restricciones al movimiento para quienes buscan emigrar a EE.UU.

 “Nada nuevo”

El albergue que regenta en el centro de McAllen (Texas), Norma Pimentel, religiosa de las Misioneras de Jesús, no ha dejado de recibir personas. En los últimos dos meses, a medida que se acerca el 20 de enero y el fin del Gobierno de Joe Biden, la afluencia ha aumentado, aunque la necesidad nunca ha cesado.

“Para nosotros no es nada nuevo”, asegura. “Nuestra respuesta es ayudar al prójimo, y las puertas siempre están abiertas”.

Ante la inminente llegada de Trump, su organización ya se prepara para seguir recibiendo migrantes y apoyar a quienes puedan ser deportados.

Pimentel trabaja con consulados y comunidades locales para garantizar que las personas estén preparadas en caso de deportación: organizan documentos, aseguran custodia para los hijos y proporcionan asistencia legal.

 “Somos todos la misma gente”

Texas es hogar de más del 15 por ciento de la población indocumentada de EE.UU., quienes en promedio llevan más de una década en el país. En el condado de Hidalgo, donde se encuentra McAllen, unas 100 mil personas viven sin un estatus legal, según el Migration Policy Institute.

Sin embargo, para el alcalde de McAllen, el republicano Javier Villalobos, las deportaciones no tendrían un gran impacto en su región.

“Se notaría en lugares con muchos migrantes”, señala. “Siempre le digo a la gente: te reto a que vengas acá y encuentres a un migrante; probablemente no puedas hacerlo. La mayoría se va a Nueva York, DC o Chicago”.

A diferencia de las recientes olas de migrantes venezolanos, haitianos y cubanos que han acaparado la atención de políticos y medios, la mayoría de los indocumentados en Texas (67 por ciento) son de origen mexicano.

Hernández, quien llegó a EE.UU. a los dos años y creció en la frontera, enfatiza que las deportaciones no solo afectan a los indocumentados, sino también a sus familias y comunidades.

“Las personas afectadas son nuestros vecinos, amigos, profesores, empresarios… gente realmente integrada en la comunidad”, apunta. “Somos todos la misma gente”.

 “La frontera no está preparada”

Al otro lado de McAllen, pasando el muro y los controles, el pastor Héctor Silva comparte su preocupación. Su albergue en Reynosa (Tamaulipas), Senda de Vida 2, apenas puede atender la demanda actual, y teme que la situación empeore con un aumento de deportaciones.

Este refugio, construido como una pequeña ciudad con carpas y casitas de madera pintadas de azul y blanco, tiene capacidad para 2 mil personas, pero Silva advierte que no será suficiente.

“Muchas familias llegarán, personas que no quieren separarse de sus seres queridos en EE.UU. y que esperarán aquí”, dice el pastor. “Esto va a crecer y la frontera no está preparada; los albergues no están preparados para todo esto”.

Con información de EFE