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Carlos Alcaraz gana entre calambres la semifinal más larga de la historia del Abierto de Australia
Foto de @AustralianOpen

Un Carlos Alcaraz épico que se sobrepuso al hundimiento físico que sufrió en el segundo set, logró doblegar al alemán Alexander Zverev por 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5 para alcanzar, por primera vez en su carrera, la final del Abierto de Australia que disputará el domingo contra el ganador del partido entre el vigente campeón, el italiano Jannik Sinner y el serbio Novak Djokovic.

El español, de 22 años de edad, tiró de épica y experiencia para superar el mal momento físico que atravesó en el tercer set, en el que vomitó en pista y sufrió calambres que complicaron sus movimientos y frenar la remontada del alemán, mejor físicamente.

Alcaraz: “Lo he logrado creyendo”

Alcaraz se mostró feliz, exultante, tras lograr el pase para su primera final del Abierto de Australia y pujar por el séptimo Grand Slam de su carrera.

“Creer” (believe), escribió el murciano en la cámara de pista tras cerrar una victoria histórica de cinco horas y 26 minutos que tuvo ganada y después perdida y que se llevó finalmente al vencer al alemán Alexander Zverev.

Lo he logrado creyendo. Siempre he dicho que tienes que creer en ti mismo, sin importar cuánto te esté costando. Me estaba costando mucho en la mitad del tercer set”, dijo en pista el jugador español.

“Ha sido uno de los más duros físicamente en toda mi carrera, pero he estado en esta situación antes. Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que poner mi corazón. Luchar. Estoy muy orgulloso sobre la forma en la que he luchado”, añadió el ganador de seis Grand Slams.

“Tengo calambres hasta el último pelo de la cabeza”

Y es que el de Murcia sobrevivió a una montaña rusa para alargar su precoz leyenda.

Alcaraz fue asistido dos veces por los fisioterapeutas pero no había una mejoría suficiente para plantar cara al alemán, que vio una nueva oportunidad, un panorama distinto y que fue en busca de un partido perdido.

Tengo calambres hasta el dedo meñique, hasta el último pelo de la cabeza», decía Alcaraz a su box. Samu López, su entrenador, le alentaba: “Estarás bien en un ratito”.

El español iba disparado hacia la final. En los dos primeros sets mostró su superioridad y su gran momento.

Zverev estaba resignado a su suerte, contra las cuerdas, sin soluciones. Fue entonces cuando las alarmas se encendieron.

Parecía una situación como otras hasta que su juego bajó radicalmente. De diez a cero en un momento.

Buscaba el acomodo de su cuerpo en cualquier momento, estiraba las piernas. El tenista alemán se quejó a la juez de silla de la atención.» No es habitual atender a un jugador por calambres. No es una lesión», dijo.

Una cuestión de fe

El partido se fue al cuarto set. Era lo natural. El alemán ganó el desempate del tercero y el choque superó las tres horas.

Por primera vez en la competición el murciano se dejó un parcial. Había tenido un camino impecable hasta la semifinal, intratable.

Después, se mantuvo en pie a la espera de una remontada física que tardaba, que no llegaba. La final, que tuvo en la mano, se le alejaba.

Y llegó el parcial definitivo. El quinto. Nunca nadie había remontado dos mangas al número uno del mundo, que había ganado catorce de los quince encuentros que había disputado a todos los parciales.

Pero de entrada y con una doble falta, perdió su servicio Alcaraz al que se le nublaba cada vez más el panorama.

Era cuestión de fe. De un milagro.

Llegó la recuperación de Alcaraz, que volvió al partido, volvió a correr, contó con sus piernas, su ilusión y sus ganas. Se vio derrotado y resucitó. Tuvo fe. Un gran campeón.

La de hoy ha sido su séptima victoria en trece encuentros ante el alemán y el domingo jugará por conquistar su séptimo torneo grande y completar la relación de títulos del Grand Slam.

Con información de EFE