
Aunque algunos vuelos cuenten con permiso, la pérdida de equipos contradice el principio de “no dejar rastro” que rige toda actividad humana en la Antártida
Durante una expedición fotográfica realizada en dos embarcaciones pequeñas de una compañía rusa (con permiso para uso científico de drones), al menos tres de ellos fueron reportados como perdidos en territorio antártico.
De acuerdo con la International Association of Antarctica Tour Operators (IAATO) y el Protocolo de Protección Ambiental del Tratado Antártico, cualquier equipo abandonado constituye contaminación ambiental, ya que los drones contienen baterías de litio, plásticos y componentes electrónicos que no se degradan en el ecosistema polar.
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Además del riesgo de pérdida, los drones generan contaminación acústica que puede alterar el comportamiento de aves y mamíferos marinos, una de las razones por las que su uso está fuertemente restringido.
Aunque algunos vuelos cuenten con permiso, la pérdida de equipos contradice el principio de “no dejar rastro” que rige toda actividad humana en la Antártida.
Según expertos en la materia, en la mayoría de los casos, la pérdida de control del dron es culpa del que lo maneja.
Entre otros factores humanos, se encuentran volar más allá de la capacidad de la pila y no hacer caso cuando el aparato avisa que necesita regresar a su base. Intentar hacer maniobras arriesgadas para que los videos salgan intrépidos, como volar hacia atrás a toda velocidad y desactivar los sensores en modo sport, que evitan un posible choque.
Pueden también salirse de control cuando hay situaciones inesperadas como ráfagas de viento o la descarga acelerada de las pilas por descenso de temperatura. Además se necesita experiencia para despegar y aterrizar en un barco en movimiento.