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México, más atento que nunca, cuenta los minutos y las horas que faltan para llegar al lunes negro del 10 de junio, fecha señalada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para dejar caer la espada de Damocles sobre nuestro país.

Nuestra vecindad con los Estados Unidos de Norteamérica nunca ha sido miel sobre hojuelas. El reloj no se detiene y estamos contra el tiempo.

El hubiera no existe, pero no sobra hacer hincapié en que a últimas fechas —6 meses de este gobierno— México no ha cultivado lo suficiente sus relaciones con nuestro vecino del norte.

Cierto es que quien preside ese enorme país no es una persona confiable. Donald Trump es una persona predecible e impredecible al mismo tiempo. Sabemos lo que es capaz de hacer, pero nos resistimos a aceptar que lo haga.

Estados Unidos lleva más de dos siglos acechándonos, siempre con su ímpetu expansionista, tratando de imponer sus intereses y condiciones a costa de nuestra soberanía política y económica.

Donald Trump con su política caprichosa, anunció y amenazó con imponer nuevos aranceles a nuestras mercancías de exportación a partir del próximo lunes 10 de junio. Esta imposición es como castigo por no detener el ingreso de migrantes —de 26 países— que entran a México y quieren llegar a Estados Unidos.

Se atreve a regañar al gobierno de Andrés Manuel López Obrador por no hacer lo suficiente para detener la entrada de cientos de miles de hombres, mujeres, y niños, expulsados por la violencia, el hambre y la miseria que sufren en sus países de origen.

Trump no conoce de derechos humanos ni de otra cosa que pueda alterar sus intenciones e impulsos de “invasión moderna” hacia México. La soberbia del gobierno norteamericano ha estado presente desde siempre. La diplomacia de nuestro vecino del norte se sustenta en el amedrentamiento, la amenaza y el despojo.

Tomemos en cuenta que, en estos tiempos, el fantasma de la migración recorre el mundo, y México enfrenta hoy este fenómeno humanitario aplicando una política de aceptación de personas bajo las leyes que rigen en nuestro país.

Al señor Trump no le parece suficiente y advierte que, de no cerrar México sus fronteras a los migrantes que quieren llegar a su país “castigará” con la aplicación de altos aranceles a partir del próximo lunes.

La soberbia del presidente de EE.UU. no le permite vernos —a los mexicanos— como iguales sino como inferiores y sujetos a sus pretensiones imperiales. Recordemos que México ha sido el país latinoamericano con el mayor número de invasiones y agravios por parte de Estados Unidos.

Por ahora, toca al gobierno del presidente López Obrador aplicarse en el tema de la comunicación; comunicación entre funcionarios de su gabinete y el Congreso, así como con la Suprema Corte de Justicia y, hacia fuera, con el mundo que nos rodea, pues no podemos, en pos de la austeridad, permanecer sin cultivar las relaciones allende nuestras fronteras.

Hoy ha quedado claro que antes de este encuentro de funcionarios mexicanos con sus iguales del gobierno norteamericano para una negociación tan importante en los temas migratorios y económicos en Washington, no había habido acercamiento previo con los distintos grupos de poder que México necesita como aliados que se sumen a la defensa de nuestros intereses.

Aceptemos que sin independencia económica no hay independencia política.

¡Digamos la Verdad!