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Ésta no es la normalidad democrática que habíamos construido durante las últimas décadas. Más que un reacomodo de fuerzas, experimentamos un cambio en las reglas del juego.

La victoria de López Obrador –cuya legitimidad democrática nadie cuestiona– no sólo alteró el sistema de partidos; también avasalló a otros actores que, poco a poco, se habían convertido en contrapesos al poder, como las organizaciones de la sociedad civil, los organismos autónomos o la prensa crítica.

Morena no es un partido ni un movimiento; es el liderazgo unipersonal de AMLO, para quien la pluralidad política no es una oportunidad de generar consensos, sino un estorbo; para quien los controles constitucionales no son garantes democráticos, sino obstáculos al gobierno.

Es un liderazgo con un entendimiento moral y binario de la política, cuyas decisiones se sustentan más en la ideología que en la razón.

Frente a esta realidad, el problema para los partidos tradicionales no es que hayan perdido una elección –cosa normal en democracia–, sino que no han terminado de dimensionar las causas de la derrota.

Porque el descalabro del 1 de julio no fue sólo aritmético: además de perder votos, sacudió su narrativa y el horizonte político. Ante ello, a los opositores nos ha faltado una autocrítica como verdadero ejercicio de análisis, y no como despliegue de propaganda.

El verdadero problema para la oposición no es, tampoco, que seamos minoría: es el riesgo de que ésta sea testimonial.

En lugar de aprovechar los espacios que aún tiene para recobrar la confianza ciudadana con propuestas valientes e ideas frescas, que contrasten con las ocurrencias y la torpeza del gobierno, los opositores muchas veces nos perdemos en el griterío de la coyuntura. Mordemos casi cualquier anzuelo mediático que lanzan y terminamos haciendo cosas como debatir estérilmente sobre La Conquista en Twitter, mientras allá, en el mundo real, el oficialismo centraliza el poder y crea redes clientelares.

El problema de la oposición es que, en gran medida, estamos estancados en el pulso de las redes sociales, y confundimos la opinión publicada en los medios con la opinión pública de las mayorías ciudadanas.

Por eso, a pesar de que cada día más mexicanos se decepcionan del gobierno, no hemos sabido leer el sentir popular, para articular un discurso y un programa alternativos.

Para ser opción frente a un movimiento con pretensiones hegemónicas, quienes somos oposición necesitamos ensayar un nuevo repertorio de lucha y consensuar una agenda mínima de causas concretas. Esos serán los temas de las siguientes entregas de esta columna.

Agradezco a El Heraldo de México y sus directivos la oportunidad de unirme cada semana, desde estas páginas, a la batalla de las ideas en un momento de grandes replanteamientos para México.

Guillermo Lerdo de Tejada Servitje

Por  GUILLERMO LERDO DE TEJADA SERVITJE

DIPUTADO EN EL CONGRESO DE LA CDMX

@GUILLERMOLERDO