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Hoy pensaba escribir un reproche al presidente Andrés Manuel López Obrador, con la razón que me da la libertad de expresión y el hecho de haber votado por él con la esperanza, que aún tengo, de que su gobierno sea un verdadero cambio para mejorar nuestro lastimado país. Entiendo que el panorama es difícil y que el estado de cosas en el que se desenvuelve la república mexicana no se puede cambiar en cinco meses, vamos, ni siquiera en cinco años.

Pero en el período presidencial de López Obrador están ocurriendo cosas que me entristecen; eventos que jamás pensé, al emitir mi voto, que sucederían; situaciones que, pienso, deberían de ser enfocadas de manera diferente por el presidente y su gabinete que, sin generalizar, al parecer o son personas a las que les quedó grande el cargo o son individuos que le quedaron chicos a AMLO y sólo los ve como peones de su cuadrilla.

Sé que, así como en el camino electoral fui perdiendo amistades que me consideraron “chairo” —con toda la carga peyorativa que la palabra generó— por manifestar mi intención de votar por López Obrador, cuyo diagnóstico de país me parecía —y me sigue pareciendo— acertado, no así el tratamiento que le está aplicando; ahora estoy en el trance de ser llamado fifí, palabra al que el uso despectivo que le dio el Primer Mandatario la convirtió en ofensa.

El primer negrito que vi en el arroz del que fue mi candidato fue cuando éste estaba recién cocido, y mi gallo presidencial decretó el “punto final” para aquellos que en gobiernos anteriores al suyo —todos— se corrompieron —todos— debido a la magnitud de esa corrupción. Así lo dijo en el programa de televisión Tercer Grado, días antes de tomar posesión: “(La corrupción) es tanta que no alcanzarían las cárceles ni los juzgados. Pero además, si somos honestos, como lo somos, tendríamos que empezar por los de arriba, de tiempo atrás (¿los de la Mafia del Poder, qué no?) y eso nos metería en un pantano de confrontación”. (Aquí utilizaré un dicho de los favoritos de AMLO: “El que no quiera ver fantasmas que no salga de noche”. Por supuesto que luchar contra la corrupción sería tanto como entrar al territorio, cubierto de lodo, por no decir una palabra maloliente, de los corruptos y ahí dar la batalla. Precisamente por expresar sus deseos de confrontar a los del pantano fue que muchos votamos por él. ¡Niéguenmelo!).

En ese punto final, en ese borrón y cuenta nueva está fincado mi enojo y mi recriminación para el político del que tenía —¿tengo? ¿tendré?— la mejor de las opiniones. Al empezar a teclear estas líneas dije que pensaba hacer un reproche al presidente con intención de evadir el tema. Sin embargo, seguí pergeñando este artículo y a más de la mitad siento que voy poniendo mi confundida cabeza en claro respecto al tema de quién está en el poder. Sé que desde que soy yo, tengo un perenne conflicto con la autoridad que me hace actuar visceralmente. Por eso me confundo y no sé cuando estoy reaccionando con el hígado o cuando con el cerebro –que también es víscera.

A ver si puedo expresar, con el debido respeto y hasta donde puedo ser objetivo, cuál es mi idea respecto al señor presidente: No faltan en sus conferencias mañaneras menciones al nefasto neoliberalismo con su cauda de corrupción e impunidad: “Neoliberalismo es sinónimo, en el caso de México, de corrupción, de robo, y tanto Pemex como la Comisión Federal de Electricidad fueron las empresas más saqueadas, no sólo de México, diría del mundo en el período neoliberal”. Basado en lo dicho por el Ejecutivo surge una pregunta: ¿Por qué no están en la cárcel o en un proceso jurídico aquellos que dirigieron estas dos empresas paraestatales?

Los lamentables hechos de Minatitlán suscitaron el siguiente comentario presidencial: “Duele mucho enterarse y tener noticias como estos asesinatos viles de Minatitlán, todo este fruto prohibido, todo esto que se heredó de la aplicación de una política económica antipopular y entreguista, donde lo único que les importaba era saquear, robar (…) Todavía tenemos que enfrentar esa inercia, ese fruto prohibido, ese cochinero que nos dejaron, pero se va a limpiar al país, se va a acabar la corrupción y va a haber justicia ¡Me canso ganso!”.

Puede suceder que el pueblo (sabio) se canse antes que el ganso porque son casi a diario las acusaciones, ciertas, pero los frutos podridos siguen libres. A algunos de los que acusa sin decir su nombre hasta les reforzó su seguridad. ¿Para qué necesita Vicente Fox cinco escoltas más? Será para que lo cuiden de los hijos de la señora Marta.

Señor presidente, ¿quiere evitar el pantano de la confrontación? No lo rehúya. La plaga de la corrupción no se va a exterminar sólo porque usted ponga buen ejemplo. Tiene que arrancar de raíz los árboles que dan frutos podridos. Sabemos que tiene usted enemigos poderosos que ansían verlo al borde de la renuncia. No se aflija —ni se afloje—, detrás de usted estamos 30 millones de mexicanos que amamos a nuestro país pero que queremos, exigimos, resultados.

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—Bueno, Club de la Menopausia.

—Quiero saber que requisitos son necesarios para inscribirse.

—Ninguno. Aquí no hay reglas.