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Quienes somos oposición, pasamos tanto tiempo concentrados en las fallas del régimen, que muchas veces olvidamos analizar nuestros propios errores y los desafíos que enfrentamos.

No es que debamos dejar de hacer una crítica permanente al gobierno (las consecuencias de sus políticas lo ameritan), pero sí resulta indispensable entender las razones por las que, a nueve meses del 1 de julio, no hemos logrado articularnos como alternativa al oficialismo. Van algunas reflexiones.

Andrés Manuel López Obrador domina la agenda mediática. Sus conferencias mañaneras son un espectáculo autocomplaciente y sin sustancia, pero nadie puede negar su efectividad en términos de comunicación. Las oposiciones hablamos de los temas que él define, incluso si es para criticarlo, pero no logramos colocar asuntos propios en la agenda.

Morena–gobierno ha logrado cooptar diversas estructuras y grupos políticos, con una mezcla de seducción, pragmatismo y dinero. Por ejemplo, ha creado intelectuales orgánicos, a cuyo ego apela con espacios en medios. A amplios segmentos, como jóvenes desempleados, los corteja con transferencias de recursos, aunque sean dádivas que no les aseguran oportunidades reales a futuro. A muchos políticos sin convicciones los atrae con candidaturas que no supieron conseguir en sus antiguos partidos.

Por su parte, en la oposición estamos atomizados en diversas fuerzas políticas con múltiples agendas. Súmese a esto los nuevos partidos que se van a crear y que, al competir por el mismo electorado, fragmentarán más el panorama opositor. En el caso de los partidos, el desgaste ha tenido como consecuencia que incluso varios de sus perfiles más honestos y competentes hayan perdido credibilidad.

Muchos fallos del régimen han estado en su ignorancia de aspectos técnicos, como la política energética o de infraestructura. Sin embargo, las oposiciones no hemos logrado comunicar nuestras críticas con un lenguaje sencillo y accesible. Así, aunque nos asista la razón y los datos, nuestros argumentos se quedan entre las élites enteradas, pero no permean a las grandes audiencias.

Por eso, quizá el reto más importante es conciliar una agenda de temas en los que, dentro de nuestra diversidad ideológica y diferencias programáticas, todos podamos coincidir como bloque opositor y, sobre todo, comunicarla eficazmente.

Ha habido algunos ejemplos, como la Guardia Nacional –y probablemente revocación de mandato– en el Senado, pero han sido casos aislados. Lo que se requiere es una agenda de largo plazo, con pocos temas, pero concretos, para impulsarlos y defenderlos en diversos frentes: desde espacios legislativos, en los medios, en debates académicos y de forma directa con la ciudadanía.

¿Cómo crear esta agenda opositora, a fin de que genere consensos amplios y estables? La próxima semana, en estas páginas, ofreceré algunas ideas al respecto.

Twitter: @GuillermoLerdo