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El tiempo no pasa por uno; uno pasa por el tiempo. Florestán.

Cuando el miércoles al mediodía me llamó Emilio Sánchez, director en México de la agencia española de noticias EFE, me produjo una emoción de esas que recorren la piel, que se mete y estremece, que te echa los calendarios para atrás y hace vivos los recuerdos y las ausencias: el barco, mi madre, mi hermana, Santander, Veracruz, los nueve años, el nuevo mundo para nosotros.

Y recordé mi relación de año con la agencia: la larga agonía y muerte de Francisco Franco, la madrugada, en Madrid, del 20 de noviembre de 1975, aquellas intensas jornadas en la agencia Cifra, allá en la casona de Ayala 7, de Manolo Mora, su jefe, mi amigo y compañero de aquellos días de 24 horas y cómo desde allá pude informar a los mexicanos la muerte del dictador, antes de que los españoles, que dormían a esa hora, lo supieran, como consta en el libro de memorias de la agencia.

Y atrás, cuando el presidente Luís Echeverría rompió lo que he llamado las no relaciones, inexistentes entonces, y lo primero que hizo, tras cortar las comunicaciones con España, vuelos de Iberia y Aeroméxico, teléfono, telégrafo y télex, fue echar del país a la delegación de periodistas de EFE.

En fin, que hay historia y, decía, recuerdos.

Y todo lo desató la llamada de Emilio, el miércoles, para darme a conocer que, por unanimidad, el jurado del Premio Rey de España, había decidido darme un reconocimiento por mis primeros cincuenta años de periodista, lo que abrió todo lo que tenía contenido en aquellos días.

Pero sobre todo, reitero, las emociones, los recuerdos.

Yo nunca pensé, y miren que pienso bien, que podría tener un reconocimiento, ni de este calibre ni de ningún otro, mi mayor satisfacción es trabajar todos los días, y menos consideré que el jurado del Premio Rey de España se fijara en mí y que por unanimidad distinguiera esta larga trayectoria de reportero, y ya ni hablar de recibirlo de manos del rey Felipe VI y en el Palacio Real, que lo veía de niño, cuando por las tardes mi madre me llevaba a jugar a la Plaza de Oriente, pegada al Jardín de Lepanto y bajaba desde la casa paterna de la Cuesta de Santo Domingo número 5.

Y tras colgar con Emilio, los recuerdos rebasaron las emociones, me arrollaron, me conmovieron, tanto que cuando en la comida familiar participé la noticia a mi familia, damnificada de esta carrera, la emoción explotó colectivamente, lo que subió aún más la intensidad.

Yo ya no supe qué decir tras haber provocado aquella alegría de la sangre ni tampoco que decir al jurado ni a EFE.

Bueno, sí sé que decirles a todos, familia, jurado y EFE: Gracias.

Y nos vemos en Madrid de donde salí, por estas fechas, hace 63 años para hacer mi descubrimiento de México, donde está mi vida, mi esposa, mis muertos -mis abuelos, mi madre, mi hermana-, y mi futuro: mis hijos y mis nietos.

Mis compañeros de viaje y de vida.

Nos vemos el martes, pero en privado.